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LH- B. Rosalía Rendú, HC

rosalia rendu 7febrero

Día 7 de Febrero
BEATA SOR ROSALÍA RENDU
Memoria

Sor Rosalía (Juana María) Rendu, nació el 9 de septiembre de 1786 en Confort, en el cantón de Ain, en Francia. Desde niña fue educada en el ejercicio de la caridad, por lo que el atractivo por el servicio de los pobres era en ella natural.

 

Cuando tenía 15 años, hizo una experiencia con las Hijas de la Caridad en el vecino hospital de Gex: ese fue el inicio de su vocación. El 25 de mayo de 1802 fue recibida en el seminario de la Casa Madre de las Hijas de la Caridad en París. Se puso enferma y fue enviada a una casa del barrio de Mouffetard, barrio pobre de París, donde permaneció 53 años, hasta su muerte. Se dedicó a las obras que realizaba la Comunidad y fundó otras nuevas. De manera especial se dedicó a la visita a los pobres a domicilio. Fue un instrumento de pacificación. La casa de las Hermanas se convirtió en refugio de los pobres del barrio.

Sor Rosalía fue también guía de muchos, con frecuencia nobles, en el ejercicio de la caridad. Se ha de recordar la ayuda que prestó al grupo de jóvenes universitarios, entre los que se encontraba el beato Federico Ozanam y el venerable León Le Prevost, quienes comenzaron las "Conferencias de san Vicente de Paúl". Sor Rosalía murió el 7 de febrero de 1856, habiendo pasado los últimos años de su vida en el sufrimiento y la ceguera. Beatificada el 9 de noviembre de 2003 en Roma.


OFICIO DE LECTURA

Del común de Vírgenes

SEGUNDA LECTURA

De las “Conferencias” de san Vicente de Paúl a las Hijas de la Caridad (Conferencias a las Hijas de la Caridad nº 51. Sobre el espíritu
de la Compañía, SVP, IX, 533-534)

Asistir material y espiritualmente a los pobres. Ustedes van también a buscarlos.

“Pues bien, mis queridas hermanas, para hacer que lo entiendan bien, es preciso que sepan la diferencia que hay entre su Compañía y otras muchas que hacen profesión de servir a los pobres como ustedes, pero no de la manera que ustedes lo hacen. El espíritu de la Compañía consiste en entregarse a Dios para amar a nuestro Señor y servirle en la persona de los pobres corporal y espiritualmente, en sus casas o en otras partes, para instruir a las jóvenes pobres, a los niños y en general a todos los que la Providencia les envía. Fíjense, mis queridas hermanas, esta Compañía de Hijas de la Caridad se compone en su mayoría de pobres jóvenes. ¡Qué excelente es esa cualidad de pobres jóvenes, pobres en sus vestidos, pobres en su alimento! Precisamente las llaman pobres Hijas de la Caridad; y han de tener ese título en gran honor, ya que el mismo Papa se siente muy honrado al ser llamado siervo de los siervos de Dios. Esa cualidad de pobres las distingue de las que son ricas. Han dejado su pueblo, sus parientes y sus bienes; y ¿para qué? Para seguir a nuestro Señor y sus máximas. Son hijas suyas y él es su Padre; las ha engendrado y les ha dado su espíritu; el que viese la vida de Jesucristo vería sin comparación algo semejante en la vida de una Hija de la Caridad.
¿Qué es lo que vino a hacer? Vino a enseñar, a iluminar. Es lo que ustedes hacen. Continuan lo que él comenzó; son hijas suyas y pueden decir: “Soy hija de nuestro Señor”; y tienen que parecerse a él. ¿Cuál es por tanto ese espíritu de las Hijas de la Caridad? Es, hermanas mías, el amor de nuestro Señor. ¿No es natural que las hijas amen a su padre? Y para que puedan entender lo que es este amor, es menester que sepan que se ejerce de dos maneras: afectiva y efectivamente. El amor afectivo es la ternura en el amor. Tienen que amar a nuestro Señor con ternura y afecto, lo mismo que un niño que no puede separarse de su madre y que grita: “Mamá”, apenas siente que se aleja. Del mismo modo, un corazón que ama a nuestro Señor no puede sufrir su ausencia y tiene que unirse con él por ese amor afectivo, que produce a su vez el amor efectivo.

Porque no basta con el primero, hermanas mías; hay que tener los dos. Hay que pasar del amor afectivo al amor efectivo, que consiste en el ejercicio de obras de caridad, en el servicio a los pobres emprendido con alegría, con entusiasmo, con constancia y amor. Estas clases de amor son como la vida de una Hermana de la Caridad, porque ser Hija de la Caridad es amar a nuestro Señor con ternura y constancia: con ternura, sintiéndose a gusto cuando se habla de él, cuando se piensa en él, y se llena toda de consuelo cuando se le ocurre pensar: “Mi Señor me ha llamado para servirle en la persona de los pobres; qué felicidad”.

El amor de las Hijas de la Caridad no es solamente tierno; es efectivo, porque sirven efectivamente a los pobres, corporal y espiritualmente. Están obligadas a enseñarles a vivir bien; lo repito, hermanas mías, a vivir bien, es lo que las distingue de otras muchas religiosas que están solamente para el cuerpo y no les dicen a los enfermos ninguna palabra buena; hay muchas así. Pero, ¡Dios mío!, no hablemos de esas; bien, ¡Salvador mío!, la Hija de la Caridad no tiene que tener solamente cuidado de la asistencia corporal de los pobres enfermos; a diferencia de muchas otras tiene que instruir a los pobres. Esto es lo que tienen sobre las religiosas del Hospital Mayor y las de la Plaza Real; y también que van a buscarlos a sus casas, lo cual no se ha hecho nunca hasta ahora, puesto que las otras se contentan con recibir a los que Dios les envía. Por consiguiente tienen que llevar a los pobres enfermos dos clases de comida: la corporal y la espiritual, esto es, decirles para su instrucción alguna buena palabra de su oración, como serían cinco o seis palabras, para inducirles a que cumplan con sus deberes de cristianos y a practicar la paciencia. Dios les ha reservado para esto.

Además, si ocurre alguna calamidad en París, por ejemplo en tiempos de guerra, se recurre a las pobres Hijas de la Caridad. No veo a nadie tan dispuesto a socorrer a los pobres de todas formas como ustedes. No serían Hijas de la Caridad, si no estuvieran siempre dispuestas a servir a todos los que las pueden necesitar. He aquí, hijas mías, en qué consiste en general, el amor afectivo y el amor efectivo: servir a nuestro Señor en sus miembros espiritual y corporalmente, y esto en sus propias casas, o bien donde la Providencia las envíe.

RESPONSORIO Is. 58, 7 – 8

R/ Parte tu pan con el hambriento, hospeda al pobre sin techo: *Entonces romperá tu luz como la aurora, y te abrirá camino la justicia.

V/ Viste al que veas desnudo, y no te cierres a tu propia carne. *Entonces romperá tu luz.

LAUDES

Benedictus, ant.: Esta es la virgen prudente que, unida a Cristo, resplandece como el sol en el reino celestial.

PRECES

Glorifiquemos a Cristo, esposo y corona de las vírgenes, y supliquémosle, diciendo:

Jesús, corona de las vírgenes, escúchanos.

Oh Cristo, a quien las vírgenes amaron como a su único esposo,
-concédenos que nada nos aparte de tu amor.

Tú, que coronaste a María como reina de las vírgenes;
-concédenos, por su intercesión, servirte siempre con pureza de corazón.

Por intercesión de las santas vírgenes, que te sirvieron siempre con fidelidad, para alcanzar la santidad de cuerpo y alma,
-ayúdanos, Señor, a que los bienes de este mundo que pasa no nos separen de tu amor eterno.

Señor Jesús, esposo que has de venir y a quien las vírgenes prudentes esperaban,
-concédenos vivir en vela, esperando tu retorno glorioso.

Por intercesión de la beata Sor Rosalía Rendu, que fue virgen sensata y una de las prudentes,
-concédenos, Señor, la verdadera sabiduría y la pureza de costumbres.


VÍSPERAS

Magníficat, ant.: Ven, esposa de Cristo, recibe la corona eterna que el Señor te trae preparada.

ORACIÓN

Oh Dios, que concediste a la beata Rosalía Rendu, virgen, tu espíritu de amor, para ayudar a los necesitados y abandonados, concédenos, a ejemplo suyo, la alegría de reconocer a Cristo en los pobres y de servirle con amor infatigable. Por nuestro Señor Jesucristo.

Posted in Liturgia de las Horas

Tags: Liturgia de las Horas,

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