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LH- San Francisco Regis Clet, CM

regisclet 18defebrero

Día 18 de Febrero
SAN FRANCISCO REGIS CLET
PRESBÍTERO Y MÁRTIR
Memoria

Nació en Grenoble, el 19 de agosto de 1748. Recibió la ordenación Sacerdotal en Lyon, el 27 de marzo de 1773. Enseñó teología en el seminario de Annecy y ejerció el cargo de director en el Seminario Interno en la Casa Madre de la Congregación de la Misión.

Al estallar la revolución francesa marchó a misiones extranjeras, desembarcando en Macao. Su labor misional en China se prolongó durante treinta años. Murió estrangulado el 18 de febrero en Uchanfú y fue beatificado el 27 de mayo de 1900, por León XIII. Fue Canonizado el 1 de octubre de 2000 en Roma.

OFICIO DE LECTURA

Del común de un Mártir o de Pastores.

SEGUNDA LECTURA

De los escritos de San Francisco Regis Clet
(De su carta circular a los cohermanos misioneros a él encomendados:
Cfr. M. Demimuid, Vie du Venerable.
F.R.Clet. París 1893, pp. 422-427).

Exhortación a sus hermanos

“Más resiste el cordón si es trenzado”. Estas palabras que profiere el Espíritu Santo nos muestran simbólicamente que la concordia y unión de los ánimos son el camino más seguro para llevar a cualquier empresa a su fin. A esta doctrina se ajustan nuestras reglas (Xll, 7): “todos y cada uno… se esforzarán por coincidir siempre en cuanto enseñen, digan o escriban, de suerte que, como dice el Apóstol, todos sepamos, sintamos y hasta digamos lo mismo”. Siendo esta concordia de los ánimos necesaria en cualquier empresa, mucho más lo será en la empresa sobrenatural, que afecta al bien de las almas, cuyo gobierno recibió de San Gregorio la denominación de “arte de las artes”. Es necesario lograr esta concordia, pues si falta, nuestros fieles se dividirán e irán en pos de su afición apegándose a este Padre y no a aquél, diciendo como ya en el comienzo de la Iglesia: “Yo pertenezco a Pablo, yo a Apolo, yo a Cefas”; de ahí que me pareciera oportuno, mientras vivo aún, pero rondándome ya la muerte para sacarme de este mundo y llevarme ante el tremendo juez, dar algunos consejos a aquellos hermanos míos cuyo cuidado me incumbe, aunque indigno y torpe, con el fin de que todos coincidamos en el pastoreo de nuestras ovejas, y se verifique la “unidad del rebaño” que corresponde al “único pastor”, Nuestro Señor Jesucristo.

Pero sea ésta o cualquier otra enseñanza, de poco o nada serviría, de no mostrarnos ante nuestros fieles como ministros de Dios y dignos administradores de sus misterios, de suerte que cada uno de nosotros pueda decirles como San Pablo: “imítenme ustedes a mí como yo imito a Cristo”. Acordémonos de las palabras: “Quién consigo mismo es inicuo, ¿cómo será justo para con los demás?”. Guardémonos de emplear todo nuestro tiempo en servir a los demás bajo pretexto de celo, un celo no ordenado.

Sigamos la huellas de los Apóstoles que decían: “Nosotros nos entregaremos asiduamente a la oración y a la predicación”. Cultivemos la piedad que según el Apóstol es buena en cualquier caso, pues nos compensa en esta vida y en la otra. A este cultivo contribuye nuestra fidelidad a las prácticas espirituales que están en vigor en nuestra Congregación, tales como la oración mental, el examen particular, la lectura del Nuevo Testamento y de algún libro espiritual, y todos los años los Ejercicios Espirituales, etc. Ahí aprenderemos como en un manual lo más oportuno para la dirección de las almas. No seamos como canales, así se expresa San Bernardo, que vierten toda el agua que reciben, sino como manantiales que dan porque están repletos. Seamos finalmente “para los fieles un ejemplo en el hablar, en el comportamiento, en el amor, en la fe, en la pureza”; guardemos finalmente “el rebaño de Dios, cordialmente convertidos en su modelo, para que al presentarse el pastor por excelencia” recibamos “la gloriosa corona que no se marchita”.

RESPONSORIO 2Tm. 4, 7-8; Flp. 3, 8.10

R/ He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe: *Ahora me aguarda la corona merecida.

V/ Todo lo estimo pérdida con tal de ganar a Cristo y la comunión con sus padecimientos, muriendo su misma muerte. *Ahora me aguarda.

O bien:
De las conferencias espirituales de San Vicente de Paúl.
(Repetición de oración, 12 de noviembre de 1656 y extracto
de una conferencia, Xl, 258-259;290).

El deseo del martirio

¡Quiera Dios, mis queridísimos padres y hermanos, que todos los que vengan a entrar en la Compañía acudan con el pensamiento del martirio, con el deseo de sufrir en ella el martirio y de consagrarse por entero al servicio de Dios, tanto en los países lejanos como aquí, en cualquier lugar donde él quiera servirse de esta pobre y pequeña Compañía! Sí, con el pensamiento del martirio. Deberíamos pedirle muchas veces a Dios esta gracia y esta disposición, de estar dispuestos a exponer nuestras vidas por su gloria y por la salvación del prójimo, todos los que aquí estamos, los hermanos, los estudiantes, los sacerdotes, en una palabra toda la Compañía. ¡Ay, padres! ¿Puede haber algo más razonable que dar nuestra vida por Aquel que entregó tan libremente la suya por todos nosotros? Si Nuestro Señor nos amó hasta el punto de morir por nosotros, ¿Por qué no vamos a desear tener esa misma disposición por él, para morir efectivamente si se presenta la ocasión? Vemos cómo tantos Papas fueron martirizados uno tras otro; se cuentan hasta treinta y cinco seguidos. No es extraño ver cómo algunos comerciantes, por obtener una pequeña ganancia, atraviesan los mares y se exponen a mil peligros. El domingo pasado hablaba con uno de ellos que vino a verme, y me decía que le habían propuesto ir hasta las Indias y que se había decidido a ir, con la esperanza de obtener alguna ganancia. Le pregunté si había muchos peligros y me contestó que sí, que era muy peligroso, pero que conocía a cierta persona que había vuelto de allí, y que otra, a la verdad, se había quedado. Entonces me dije: si esa persona, por una pequeña ganancia, por traer alguna piedra preciosa, se expone a tantos peligros, ¿con cuánta más razón hemos de hacerlo nosotros para llevar esa piedra preciosa del Evangelio?

Allá van dos mil soldados a la guerra a soportar toda clase de males, donde uno perderá un brazo, otro la pierna y muchos la vida, por un poco de viento y por esperanzas muy inciertas; sin embargo, no tienen miedo alguno y no dejan de correr allá como tras un tesoro. Pero para ganar el cielo padres, no hay casi nadie que se mueva; muchas veces, los que han acometido la empresa de conquistarlo llevan una vida tan cobarde y tan sensual, que es indigna no solamente de un sacerdote y de un cristiano, sino hasta de un hombre razonable; y si hubiese entre nosotros personas semejantes, no serían más que cadáveres de misioneros.

Entreguémonos a Dios, padres, para ir por toda la tierra a llevar su santo Evangelio; y en cualquier sitio donde él nos coloque, sepamos mantener nuestro puesto y nuestras prácticas hasta que quiera su divina voluntad sacarnos de allí.
Que no nos arredren las dificultades; se trata de la gloria del Padre eterno y de la eficacia de la palabra y de la pasión de su Hijo. La salvación de nuestros pueblos y nuestra propia salvación son un beneficio tan grande que merece cualquier esfuerzo, a cualquier precio que sea; no importa que muramos antes, con tal que muramos con las armas en la mano; seremos entonces más felices, y la Compañía no será por ello más pobre, ya que sanguis martyrum semen est cristianorum: por un misionero que haya dado su vida por caridad, la bondad de Dios suscitará otros muchos que harán el bien que el primero haya dejado por hacer.


RESPONSORIO Cfr. Gál. 6,14; Fil. 1, 29

R/ Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de Nuestro señor Jesucristo, en la cual el mundo está crucificado para mí *y yo para el mundo.

V/ Porque a ustedes se les ha concedido la gracia de estar del lado de Cristo, no sólo creyendo en Él, sino sufriendo por Él *y yo para el mundo.


ORACIÓN

Señor, Dios nuestro, que enviaste a San Francisco Regis Clet a proclamar tu Evangelio entre los paganos y coronaste su celo apostólico con el martirio; concédenos que los que han sido ya sellados con tu nombre se mantengan, con la fuerza del Espíritu, firmes en tu confesión y no teman dar su vida por la extensión de tu reino. Por Nuestro Señor Jesucristo.

Posted in Liturgia de las Horas

Tags: Liturgia de las Horas, , San Francisco Regis Clet,

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