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LH- Oficio de Lectura San Vicente de Paúl

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OFICIO DE LECTURA

 

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INVITATORIO 

 

Si ésta es la primera oración del día:

 

V. Señor abre mis labios

R. Y mi boca proclamará tu alabanza

 

Se añade el Salmo del Invitatorio con la siguiente antífona:

 

Ant. Adoremos al Señor Evangelizador de los Pobres.

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Si antes se ha rezado ya alguna otra Hora:

 

V. Dios mío, ven en mi auxilio

R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

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Himno: DICHOSOS LOS QUE, OYENDO LA LLAMADA

 

Dichosos los que, oyendo la llamada

de la fe y del amor en vuestra vida,

creísteis que la vida os era dada

para darla en amor y con fe viva.

 

Dichosos, si abrazasteis la pobreza

para llenar de Dios vuestras alforjas,

para servirle a él con fortaleza,

con gozo y con amor a todas horas.

 

Dichosos mensajeros de verdades,

que fuisteis por caminos de la tierra,

predicando bondad contra maldades,

pregonando la paz contra las guerras.

 

Dichosos, del amor dispensadores,

dichosos, de los tristes el consuelo,

dichosos, de los hombres servidores,

dichosos, herederos de los cielos. Amén.

 

SALMODIA

 

Ant 1. Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza.

 

Salmo 17, 2-30 I- ACCIÓN DE GRACIAS DESPUÉS DE LA VICTORIA

 

Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza;

Señor, mi roca, mi alcázar, mi libertador.

 

Dios mío, mi escudo y peña en que me amparo,

mi fuerza salvadora, mi baluarte.

Invoco al Señor de mi alabanza

y quedo libre de mis enemigos.

 

Me cercaban olas mortales,

torrentes destructores me aterraban,

me envolvían las redes del abismo,

me alcanzaban los lazos de la muerte.

 

En el peligro invoqué al Señor,

grité a mi Dios:

desde su templo él escuchó mi voz

y mi grito llegó a sus oídos.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza.

 

Ant 2. El Señor me libró porque me amaba.

 

Salmo 17 II

 

Entonces tembló y retembló la tierra,

vacilaron los cimientos de los montes,

sacudidos por su cólera;

de su rostro se alzaba una humareda,

de su boca un fuego voraz,

y lanzaba carbones ardiendo.

 

Inclinó el cielo y bajó

con nubarrones debajo de sus pies;

volaba sobre un querubín

cerniéndose sobre las alas del viento,

envuelto en un manto de oscuridad:

 

como un toldo, lo rodeaban

oscuro aguacero y nubes espesas;

al fulgor de su presencia, las nubes

se deshicieron en granizo y centellas;

 

y el Señor tronaba desde el cielo,

el Altísimo hacía oír su voz:

disparando sus saetas, los dispersaba,

y sus continuos relámpagos los enloquecían.

 

El fondo del mar apareció,

y se vieron los cimientos del orbe,

cuando tú, Señor, lanzaste el fragor de tu voz,

al soplo de tu ira.

 

Desde el cielo alargó la mano y me sostuvo,

me sacó de las aguas caudalosas,

me libró de un enemigo poderoso,

de adversarios más fuertes que yo.

 

Me acosaban el día funesto,

pero el Señor fue mi apoyo:

me sacó a un lugar espacioso,

me libró porque me amaba.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. El Señor me libró porque me amaba.

 

Ant 3. Señor, tú eres mi lámpara, tú alumbras mis tinieblas.

 

Salmo 17 III

 

El Señor retribuyó mi justicia,

retribuyó la pureza de mis manos,

porque seguí los caminos del Señor

y no me rebelé contra mi Dios;

porque tuve presentes sus mandamientos

y no me aparté de sus preceptos;

 

Le fui enteramente fiel,

guardándome de toda culpa;

el Señor retribuyó mi justicia,

la pureza de mis manos en su presencia.

 

Con el fiel, tú eres fiel;

con el íntegro, tú eres íntegro;

con el sincero, tú eres sincero;

con el astuto, tú eres sagaz.

Tú salvas al pueblo afligido

y humillas los ojos soberbios.

 

Señor, tú eres mi lámpara;

Dios mío, tú alumbras mis tinieblas.

Fiado en ti, me meto en la refriega;

fiado en mi Dios, asalto la muralla.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. Señor, tú eres mi lámpara, tú alumbras mis tinieblas.

 

V. Todos quedaban maravillados.

R. De las palabras que salían de la boca de Dios. 

 

PRIMERA LECTURA

 

De la primera carta del Apóstol San Pablo a los Corintios 1,17-2,5

 

Porque no me envió Cristo a bautizar, sino a anunciar el Evangelio, y no con sabiduría de palabras, para no hacer ineficaz la cruz de Cristo. El mensaje de la cruz es necedad para los que están en vías de perdicion; pero para los que están en vías de salvación –para nosotros– es fuerza de Dios. Dice la Escritura: Destruiré la sabiduría de los sabios, frustraré la sagacidad de los sagaces. ¿Dónde está el sabio? ¿Dónde está el escriba? ¿Dónde está el sofista de nuestros tiempos? ¿No ha convertido Dios en necesidad la sabiduría del mundo? ¿Y como en la sabiduría de Dios, el mundo no lo conoció por el camino de la sabiduría, quiso Dios valerse de la necesidad de la predicación, para salvar a los creyentes. Porque los judíos exigen signos, los griegos buscan sabiduría, pero nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles, pero para los llamados – judíos o griegos - un Mesías que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Pues le necio de Dios es más sabio que los hombres; y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres.

 

Y si no fíjense en su asamblea, no hay en ella muchos sabios en lo humano, ni muchos poderosos, ni muchos aristócratas; todo lo contrario, lo necio del mundo lo ha escogido Dios para humillar a los sabios,  y lo débil del mundo lo ha escogido Dios para humillar  el poder. Aún más, ha escogido la gente baja del mundo, lo despreciable, lo que no cuenta para anular a lo que cuenta, de modo que nadie pueda gloriarse en presencia del Señor. Por Él ustedes son en Cristo Jesús, en este Cristo que Dios ha hecho para nosotros sabiduría, justicia, santificación y redención. Y así -como dice la Escritura - el que se gloríe  que se gloríe en el Señor.

 

Por eso yo, hermanos, cuando vine a ustedes a anunciarles el misterio de Dios, no lo hice con sublime elocuencia o sabiduría, pues nunca entre ustedes me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y éste crucificado. Me presenté a ustedes débil y temblando de miedo, mi palabra y mi predicación   no fue con persuasiva sabiduría humana, sino en la manifestación y el poder del Espíritu, para que su fe no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios.

 
 

RESPONSORIO 1 Cor. 1, 17-18. 21

 

R. Cristo me envió a anunciar el Evangelio, no con sabiduría de palabras, para no hacer ineficaz la cruz de Cristo. *El mensaje de la cruz es locura para los que están en vías de perdición, pero es fuerza de Dios para los que están en vías de salvación.

 

V. Porque por el camino de la sabiduría el mundo no conoció a Dios, quiso Dios valerse de la necedad de la predicación para salvar a los creyentes. *El mensaje.

 
 

SEGUNDA LECTURA

 

De las “Conferencias Espirituales” de San Vicente de Paúl

(Conferencias a los misioneros XI, 383-390)

 

              Evangelizar de palabra y obra

 

Por tanto, un gran motivo que tenemos es la grandeza de la cosa: dar a conocer a Dios a los pobres, anunciarles a Jesucristo, decirles que está cerca el reino de los cielos y que ese reino es para los pobres. ¡Qué grande es esto! Y el que hayamos sido llamados para ser compañeros y para participar en lo planes del Hijo de Dios, es algo que supera nuestro entendimiento. ¡Qué! ¡Hacernos…, no me atrevo a decirlo… sí: evangelizar a los pobres es un oficio tan alto que es, por excelencia, el oficio del Hijo de Dios! Y a nosotros se nos dedica a ello como instrumentos por lo que el Hijo de Dios sigue haciendo desde el cielo lo que hizo en la tierra. ¡Qué gran motivo para alabar a Dios, hermanos míos, y agradecerle incesantemente esta gracia!

 

Ciertamente, es cosa digna de un misionero tener y conservar este deseo de ir de misiones, de fomentar este empeño de asistir al pobre pueblo de la forma con que lo asistiría nuestro Señor, si estuviese todavía en la tierra, y finalmente de dirigir su intención para vivir y morir en este santo ejercicio.

 

Puede decirse que venir a evangelizar a los pobres no se entiende solamente enseñar los ministerios necesarios para la salvación, sino hacer todas las cosas predichas y figuradas por los profetas, hacer efectivo el evangelio.

 

Si los sacerdotes se dedican al cuidado de los pobres, ¿no fue también éste el oficio de nuestro Señor y de muchos grandes santos, que no sólo recomendaron el cuidado de los pobres, sino que los consolaron, animaron y cuidaron ellos mismos? ¿No son los pobres los miembros afligidos de Nuestro Señor? ¿No son hermanos nuestros? Y si los sacerdotes los abandonan, ¿quién quieren que les asista? De modo que, si hay algunos entre nosotros que crean que están en la Misión para evangelizar a los pobres y no para cuidarlos, para remediar sus necesidades espirituales y no las temporales, les diré que tenemos que asistirles  y hacer que les asistan de todas las maneras, nosotros  y los demás, si queremos oír esas agradables palabras del soberano Juez de vivos y de muertos: “Vengan, benditos de mi Padre; posean el reino que les está preparado, porque tuve hambre y me dieron de comer; estaba desnudo y me vistieron; enfermo y me cuidaron”. Hacer esto es evangelizar de palabra y de obra; es lo más perfecto; y es lo que nuestro Señor practicó y tienen que practicar los que lo representan en la tierra, por su cargo y por su carácter, como son los sacerdotes.

 

Esto tiene que hacernos preferir esta tarea a todas las ocupaciones y cargos de la tierra y que nos consideremos los más felices del mundo.

 

RESPONSORIO 1 Cor. 9, 19. 22; Job. 29, 15-16

 

R. Siendo libre como soy, me hecho esclavo de todos. Me he hecho débil con los débiles. *Me he hecho todo a todos, para ganar, sea como sea, a algunos.

 

V. Yo era ojos para el ciego, era pies para el cojo, yo era padre de los pobres. *Me he hecho.

 
 

ORACIÓN.

 

OREMOS,

Señor, tú que adornaste a san Vicente de Paúl con las cualidades de un verdadero apóstol, para que se entregara al servicio de los pobres y a la formación de los ministros de tu Iglesia, concédenos a nosotros que, animados por un celo semejante al suyo, amemos lo que él amó y practiquemos lo que él enseñó. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.

Amén

CONCLUSIÓN

V. Bendigamos al Señor.

R. Demos gracias a Dios. 

Posted in Liturgia de las Horas

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