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San Vicente de Paúl y la fe

vicente y la fe

P. Marlio Nasayó, c.m.

I.- INTRODUCCIÓN


Una nueva concepción del mundo, las relaciones de los hombres con la naturaleza y entre ellos, quebranta la fe de Occidente. Una larga y sangrienta crisis se ha abierto, donde los hombres eran “locos de Dios” en frase de un escritor protestante, hasta el punto de matarse unos a otros en su nombre. A menos de un siglo de distancia, después de la restauración doctrinal de un concilio, después del arreglo social y religioso de una paz provisional (el Edicto de Nantes), a su vez, otros hombres se transformaron en locos de Dios hasta el punto de amarse entre sí y de amar a sus hermanos en su nombre.
La larga crisis de la fe que había zarandeado la cristiandad se resuelve provisionalmente con una mística de acción y un movimiento social sin precedente. Un hombre, san Vicente, había vivido en sí mismo todo ese camino.


Su familia, su medio campesino, le había legado una fe sin problemas que iba directamente a Dios sin dudas ni retrocesos. Es la fe de un universo en orden, donde todas las cosas tenían su lugar, donde a pesar de muchas miserias, ninguna cosa se ponía en cuestión. Este universo comprendía unos santos, pero también unos pecadores que se sabían pecadores. Al dejar su tierra, san Vicente cambia de universo, llega a un mundo turbado por las nuevas ideas, convaleciente mal curado después de 60 años de guerra civil y que todavía no ha olvidado el gusto de la sangre. Y, sobre todo, detrás de un orden aparente, san Vicente descubre una miseria material y moral, que no sospechaba. Las categorías de su fe no le habían preparado para seme¬jante descubrimiento; vacila ante el encontronazo. Todo lo que ve y oye, quebranta sus seguridades, cambia completamente sus proyectos humanos. Aunque el fenóme¬no no tiene la brutalidad de un rayo, como en el camino de Damasco, está, como lo estuvo san Pablo, desconcertado, ciego, sin saber ya en qué pensar ni qué hacer. Su fe sufrió una crisis hasta el punto de que todo su ser queda completamente, profun¬damente, desquiciado.


Entonces comienza para él una larga marcha que le llevará hasta la luz. Va a esca¬par de la casa de los Gondi, que le aseguraba un porvenir sin problemas, para el cual parecía prepararlo su pasado. Dejando todo ese pasado, parte para lo desconocido, como un nuevo Abrahán, o más bien, como Pablo quien, sumergido en las tinieblas, fue conducido a Damasco cogido de la mano, para saber lo que debía hacer. Al adentrarse en lo desconocido, san Vicente se ha dejado también llevar de la mano desde la cabecera de los enfermos del Hótel-Dieu hasta la del campesino de Gannes, de la choza de los pobres de Chátillon hasta la mazmorra de los galeotes. Ésos son sus males, ésas son las heridas que le han hablado de Jesucristo y le han sugerido lo que debería hacer por ellos y con ellos, así como las llagas del Resucitado le habían dic-tado a Tomás cierta tarde su vida de apóstol.


La vida de san Vicente queda por ello transformada; no es la llave de un mundo espiritual cómodo y cerrado, bien replegado en “su pequeña periferia”, como dirá él mismo. En los ojos de los desgraciados, la fe de san Vicente se encuentra con la mirada de Jesucristo; también ella impulsa toda su acción desde la más modesta iniciativa para ayudar una miseria, hasta las mayores empresas de evangelización y de socorros materiales en favor de los pobres.
San Francisco de Sales había enseñado otra vez a las almas a considerar a Dios como un Padre y no como un amo, y a amarlo suavemente mucho más que a temerlo. La fe de san Vicente, al hacerle hallar de nuevo a Dios y, especialmente, a Cristo en los más humildes y los que más sufrían, le hizo transportar a la mirada de ellos ese amor y esa suavidad, cuyo modelo y dominio observaba en san Francisco. Como lo propio del fuego es extenderse para abrasar todo, san Vicente comunica por su fe el fuego de su caridad a todos los que asocia en sus actividades. Y son tan numerosos en su seguimiento que la atmósfera general de la sociedad termina por calentarse y transformarse.


Dos de sus panegiristas caracterizan bien la fuerza de su fe y la extensión de su influencia. Bossuet, al evocar con emoción las charlas de san Vicente a los sacerdotes de las Conferencias del Martes, adonde él acudía, repite con toda naturalidad la expresión de los discípulos de Emaús: “¿No estaba nuestro corazón ardiendo en nuestro interior, cuando él nos hablaba?”. Y Enrique de Maupas du Tour, obispo de Puy, dice de la acción de san Vicente que “había casi cambiado la faz de la Iglesia.”


En este fin de siglo, estamos, como en tiempos de san Vicente; enfrentados con una crisis, cuyo desarrollo se está acelerando y cuyas consecuencias se consideran imprevisibles. La fe de nuestros contemporáneos y la nuestra se siente sacudida. Si la definimos con las categorías de nuestro pasado, incluso el más reciente, no tiene arraigo en este mundo nuevo. Los numerosos sondeos sobre la fe de los jóvenes así lo demuestran. Lo que para nosotros quisiera significar algo, para ellos está desprovisto de sentido. La expresión de la fe, su traducción para la vida, están por ser inventadas de nuevo. Es inútil, como hacen algunos de nosotros, actuar como reumáticos de la fe, agarrándose a expresiones pasadas como a unas muletas. No es actuando de esa forma cómo hallaremos caminos nuevos. ¿Quién nos los indicará? ¿Quién nos los hará descubrir en plena jungla? Como para san Vicente, serán los pobres, cuya existencia es un desafío para la sociedad, porque su miseria denuncia el orden establecido. Será el contacto y el encuentro con ellos, si nuestra fe sabe descubrir en ellos a Jesucristo, quienes nos orientarán y nos señalarán el camino. Son ellos quienes nos dirán de qué forma se les debe anunciar el Evangelio, para que pueda ser entendido. Son ellos, quienes, al descubrirnos sus males, nos mostrarán las taras de la sociedad.
Por ellos y con ellos debemos preparar y reunir la Iglesia del mañana y la sociedad fraternal que nuestro mundo está esperando.

II.- SAN VICENTE Y LA FE


San Vicente siempre pensó y atestiguó que su caridad, en todas sus iniciativas y empresas, tenía su fuente, su base y su justificación en la fe. Ciertamente, el encuentro y la experiencia de la miseria y de la injusticia lo habían provocado e impulsado a la acción; pero, afirma que todo, en sus compromisos, está inspirado, animado y ter¬minado por la fe.


Por lo tanto, no se debe uno imaginar que su andadura hacia la fe sería para san Vicente, de lo más fácil y sencilla. Le fueron precisos unos treinta seis años para llegar, por fin, allí donde Dios lo esperaba.
Podemos distinguir tres etapas.


1.- La fe de los “pobres campesinos”


La familia pobre y creyente de Vicente es como la primera tierra de su fe. En ella hunde sus raíces y las desarrolla durante quince años. Más adelante, en muchas ocasiones, se refiere a esa herencia campesina para evocar sus riquezas y sus límites.


«Les hablaré con mayor gusto todavía de las virtudes de las buenas aldeanas a causa del conocimiento que de ellas tengo por esperiencia y por nacimiento, ya que soy hijo de un pobre labrador, y he vivido en el campo hasta la edad de quince años» (IX, 92).


Este párrafo de la introducción de la conferencia del 25 de enero de 1643, a las Hijas de la Caridad, prueba claramente, que, durante toda esa conferencia, san Vicente evoca el recuerdo de su madre, de sus hermanas y de las campesinas que conoció durante sus primeros quince años. Pensando en ellas, y seguramente en lo que les debía, afirma:


« ¿Qué Dios escogió a los pobres para hacerlos ricos en la fe? La fe es una gran pose¬sión para los pobres, ya que una fe viva obtiene de Dios todo cuanto razonablemente que-remos. Hijas mías, si sois verdaderamente pobres, sois también verdaderamente ricas, ya que Dios es vuestro todo. Fiaos de él, mis queridas Hermanas. ¿Quién ha oído decir jamás que los que se han fiado de las promesas de Dios se han visto engañados? Esto no se ha visto nunca, ni se verá jamás. Hijas mías, Dios es fiel en sus promesas, y es muy bueno confiar en él, y esa confianza es toda la riqueza de las Hijas de la Caridad, y su seguridad. ¡Qué felices seréis, Hijas mías, si no os falta nunca esta confianza! Porque seréis entonces verdaderas Hijas de la Caridad, y participaréis del espíritu y de las buenas prácticas de las verdaderas aldeanas, que tienen que ser su verdadero modelo, ya que Dios se ha servido primero y principalmente de ellas, para empezar vuestra Compañía» (IX, 99-100).

- “Es en los pobres donde se conserva la verdadera religión”

En la repetición de oración del 24 de julio de 1655, san Vicente describe las mise-rias y las injusticias que sufren los pobres, por la guerra y las hambrunas, y exclama:


«Si existe una religión verdadera ¿qué es lo que digo, miserable? ¡si existe una religión ver-dadera! ¡Dios me lo perdone! Hablo materialmente. Es entre ellos, entre esa pobre gente, donde se conserva la verdadera religión, la fe viva; creen sencillamente, sin hurgar; sumisión a las órdenes, paciencia en la miserias, que hay que sufrir, mientras Dios quiera, unos por las guerras, otros por trabajar todo el día bajo el ardor del sol; pobres viñadores, que nos dan su trabajo; que esperan que recemos por ellos, mientras que ellos se fatigan para alimentarnos» (XI, 120).
- “He sido párroco en el campo ¡pobre párroco!”
En este texto san Vicente recuerda su experiencia de Clichy (1612), que le puso en contacto con los pobres aldeanos. Aunque el recuerdo que evoca está un poco solicitado por el tema de la conferencia: la obediencia, siempre encontramos en ella su admiración por la fe sencilla de la gente pobre.
«Yo he sido párroco de una aldea (¡pobre párroco!). Tenía un pueblo tan bueno y tan obediente para hacer todo lo que le mandaba que, cuando les dije que vinieran a confesarse los primeros domingos de mes, no dejaron de hacerlo. Venían y se confesaban, y cada día iba viendo los progresos que realizaban sus almas. Esto me daba tanto consuelo y me sentía tan contento, que me decía a mí mismo: “¡Dios mío! ¡Qué feliz soy por poder tener este pueblo!”. Y un día el señor cardenal de Retz me preguntó: “¿Qué tal, Padre?, ¿cómo está usted?”. Le dije: “Monseñor, estoy tan contento que no soy capaz de explicarlo”. “¿Por qué?”. “Es que tengo un pueblo tan bueno, tan obediente a cuanto le digo, que me parece que ni el Santo Padre ni su Eminencia son tan felices como yo”. Sí, Hermanas mías, esto da un consuelo admirable, al ver cómo un rebaño camina con obediencia”» (IX, 580).


Admirando esta fe y religión de los sencillos, de la que se ha aprovechado ampliamente, san Vicente conocía sus límites, que, según él, es más debido a los sacerdotes que de los mismos pobres.


- “La Iglesia no tiene peores enemigos”
«La Iglesia no tiene peores enemigos que los sacerdotes. De ellos es de donde han nacido las herejías: testigos son esos dos heresiarcas Lutero y Calvino, que eran sacerdotes; por los sacerdotes es como se han impuesto los herejes, reinan los vicios y la ignorancia ha establecido su trono entre el pobre pueblo; y esto por culpa de sus propios desórdenes y por no haberse opuesto con todas sus fuerzas, como tenían obligación, a esos tres torrentes que han inundado la tierra» (XI, 392).


2.- Una fe en crisis


Durante sus primeros años, san Vicente participa con sus padres, su familia, su medio, de la fe de los pobres, sólida y sencilla. Sus estudios, sus lecturas, sus viajes, su estancia en París, su búsqueda de un “honroso retiro”, y puede que cierta ociosidad, le hacen vacilar progresivamente. Durante tres años san Vicente estará en crisis, acosado por el escrúpulo y la duda. Seguramente hallamos algún eco de lo que sufrió en el relato que nos ha dejado de “una tentación contra la fe”.
- “Y como no predicaba, ni catequizaba”


«Conocí a un célebre doctor, que había defendido muchas veces la fe católica contra los herejes, por ser teólogo en su diócesis. La difunta reina Margarita lo llamó a su lado impre¬sionada por su ciencia y por su piedad, por lo que se vio obligado a dejar sus ocupaciones. Y como no predicaba ni catequizaba, se vio asaltado, en medio de la ociosidad en que vivía, por una fuerte tentación contra la fe. Esto nos enseña, de pasada, qué peligroso es vivir en la ociosidad, tanto de cuerpo como de espíritu: pues, lo mismo que una tierra, por muy buena que sea, si se la deja durante algún tiempo sin cultivar, enseguida produce car¬dos y abrojos, también nuestra alma, al estar largo tiempo en el descanso y la ociosidad, experimenta algunas pasiones y tentaciones que la incitan al mal. Así pues, aquel doctor, al verse en un estado tan molesto, acudió a mí para decirme que estaba siendo atacado por tentaciones muy violentas contra la fe, que sentía pensamientos horribles de blasfemia con¬tra Jesucristo, y que hasta se sentía desesperado e impulsado a tirarse por una ventana. Y llegó hasta tal extremo, que hubo que dispensarle de rezar el breviario y de celebrar la santa misa, y hasta de rezar cualquier oración, de modo que, cuando empezaba sencillamente a decir el Padrenuestro, le parecía ver mil espectros, que le turbaban enormemente; su ima¬ginación estaba tan seca y su espíritu tan agotado, a fuerza de hacer actos de desaproba¬ción de sus tentaciones, que ya no era capaz de realizar ninguno. Estando, pues, en tan lamentable estado, se le aconsejó esta práctica: que siempre que volviese la mano o uno de sus dedos hacia la ciudad de Roma o hacia cualquier iglesia, quería indicar por ese movi¬miento y por esta acción que creía todo lo que creía la Iglesia romana. ¿Qué pasó después de todo esto? Dios tuvo finalmente piedad de aquel pobre doctor, que cayó enfermo y se vio inmediatamente libre de todas sus tentaciones; se le quitó de golpe la venda de oscuri¬dad que cubría los ojos de su espíritu; empezó a ver todas las verdades de la fe, y con tanta claridad que le parecía sentirlas y palparlas con la mano; murió, por fin, dándole a Dios amorosas gracias, porque había permitido que cayera en aquellas tentaciones, para librar¬le luego de ellas con tantas ventajas y darle sentimientos tan grandes y maravillosos de los misterios de nuestra religión» (XI, 725-726).


Abelly, su primer biógrafo, pone explícitamente esta tentación del teólogo en rela¬ción con la crisis que experimentó san Vicente. He aquí el relato que hizo sobre eso:


«Dios permitió que esa misma tentación pasara al espíritu del Sr. Vicente, quien desde entonces se halló vivamente atacado. Usó de oraciones y morticaciones para verse libre, y no tuvieron otro efecto que hacerle sufrir los humos del infierno con paciencia y resigna-ción, sin perder, con todo, la esperanza de que por fin Dios tuviera compasión de él. Sin embargo, como reconoció que Dios lo quería probar permitiendo al demonio que lo ataca-ra con tanta violencia, hizo dos cosas: la primera fue que escribió la profesión de fe en un papel que puso sobre el corazón, como un remedio específio para el mal que sentía; y des-pués de hacer un acto de rechazo general de todos los pensamientos contrarios a la fe, hizo un pacto con nuestro Señor: que todas las veces que llevara la mano sobre el corazón y sobre el papel, como así lo hacía a menudo, entendía con aquella acción y con aquel movi¬miento de su mano, que renunciaba a la tentación, aunque con la boca no pronunciara ninguna palabra, y elevaba al mismo tiempo su corazón a Dios, y distraía suavemente su espíritu de su pena, confundiendo así al demonio, sin hablarle ni mirarle.


El segundo remedio que empleó fue hacer lo contrario de lo que la tentación le sugería, tratando de obrar por fe y de rendir honor y servicio a Jesucristo. Esto lo hizo particularmente al visitar y consolar a los enfermos pobres del Hospital de la Caridad del arrabal de Saint Germain, donde por entonces residía. Este ejercicio caritativo, uno de los más meri-torios del cristianismo, era también el más propio para manifestar a nuestro Señor con qué fe creía en sus palabras y en sus ejemplos, y con qué amor le quería servir, ya que él dijo «que se le hacía a su persona el servicio que se le hiciera al menor de los suyos». Dios hizo por ese medio al Sr. Vicente la gracia de lograr un provecho tan grande de aquella tentación, que no solamente no tuvo nunca necesidad de confesarse de ninguna falta que hubiera cometido contra dicha materia, sino que los mismos remedios que usó le sirvieron de fuentes de innumerables bienes que fluyeron de inmediato en su alma.


Finalmente, pasaron tres o cuatro años en aquella dura prueba, y el Sr. Vicente siempre gimiendo ante Dios bajo la muy lastimosa pesadumbre de aquellas tentaciones. Sin embargo, tratando de fortalecerse cada vez más contra el demonio y de confundirlo, decidió un día tomar una resolución firme e inviolable de honrar aún más a Jesucristo y de imitarlo con mayor perfección que hasta entonces y fue: entregarse toda su vida por su amor al servicio de los pobres. En cuanto formó dicha resolución en su alma, por un efecto maravilloso de la gracia, todas las sugestiones del maligno espíritu se disiparon y se desvanecieron. Su corazón, que había vivido tanto tiempo bajo la opresión, se encontró sumido en una dulce libertad, y su alma quedó saturada de una luz tan abundante, que en varias ocasiones confesó que le pare-cía ver las verdades de la fe con una luz muy especial». (Abelly, p. 549).

III.- La fe de san Vicente

Vicente de Paul misionero ad gentes
Es en 1617, en Gannes-Folleville, más adelante en Chátillon-les-Dombes, donde san Vicente descubre finalmente la fe que en adelante animará toda su vida de caridad. Ciertamente, permanecen la solidez de las raíces campesinas y también la riqueza de una crisis dominada; pero la fe de san Vicente, en el encuentro y el servicio de los pobres, halla su verdadero equilibrio y todas sus dimensiones.


3.1.- El acontecimiento.


En Gannes-Folleville, como en Chatillon, san Vicente encontró a Dios, a Jesucristo; él lo afirma. Y lo halló en los pobres. Esta experiencia de Dios en los pobres llega a ser para él “camino, verdad y vida”.
- “Todo esto no es humano, sino de Dios”
«Por lo que a mí se refiere, cuando pienso en la forma con que Dios quiso dar origen a la Compañía en su Iglesia, os confieso que no sé qué parte he tenido en ello, y que me parece que es un sueño todo lo que veo. ¡Todo esto no es humano, sino de Dios! ¿Llamaréis humano a lo que el entendimiento del hombre no ha previsto nunca, a lo que su voluntad no ha deseado ni buscado en lo más minimo? El pobre Padre Portail nunca había pensado en esto; yo tampoco; todo se hizo en contra de mis esperanzas y sin que yo me preocupase de nada. Cuando pienso en esto y veo todas las tareas que ha emprendido la Compañía, realmente me parece un sueño, me parece que estoy soñando; no os lo sabría decir. Me pasa como al pobre profeta Habacuc, al que tomó un ángel por los pelos y se lo llevó muy lejos, para que consolara a Daniel, que estaba en el foso con los leones; luego el ángel volvió a traerlo al lugar de donde lo había tomado, y él, al verse en el mismo sitio de donde había salido, pensaba que todo había sido un sueño y una ilusión. ¿Diréis que es obra humana el origen de nuestras misiones» (XI, 326).

- “Era Dios, y no yo”
«Puede decirse realmente que es Dios quien ha hecho vuestra Compañía Yo pensaba hoy en ello y me decía: “¿Eres tú el que ha pensado en hacer una Compañía de Hijas? ¡Ni mucho menos! ¿Es la señorita Le Gras? Tampoco”. Yo no he pensado nunca en ello, os lo puedo decir de verdad. ¿Quién ha tenido entonces la idea de formar en la Iglesia de Dios una Compañía de mujeres y de Hijas de la Caridad en traje seglar? Esto no hubiese pare¬cido posible. Tampoco he pensado nunca en las de las parroquias. Os puedo decir que ha sido Dios, y no yo» (IX, 202).

3.2.- Reflexión sobre el acontecimiento


Esta experiencia de 1617, san Vicente no cesará de explotarla y de profundizarla en la oración y en la acción. Su reflexión versará más particularmente sobre cua¬tro temas, que sólo puede evocarse aquí:
- “Vaciarse de sí mismo”
Al acordarse que para llegar a la experiencia luminosa de 1617, tuvo que renun¬ciar brutalmente a su proyecto humano (“honroso retiro”), san Vicente recuerda a menudo que la fe supone siempre una salida de sí mismo y un despojarse.
«Pues, creedme, Padres y Hermanos míos, es una máxima infalible de Jesucristo, que muchas veces os he recordado de parte suya, que, cuando un corazón se vacía de sí mismo, Dios lo llena; Dios es el que entonces mora y actúa en él; y el deseo de la confusión es el que nos vacía de nosotros mismos; es la humildad, la santa humildad; entonces no seremos nosotros los que obraremos, sino Dios en nosotros, y todo irá bien» (XI, 207).

- “Vivimos en Jesucristo”
La fe de san Vicente, se diría actualmente, es profundamente cristocéntrica. Después de 1617, san Vicente se pone enteramente a seguir a Jesucristo para conti¬nuar la Misión; imita a Jesucristo, evangelizador de los pobres; diariamente encuen¬tra a Jesucristo en los pobres. Jesucristo ha invadido su persona y su vida.
«Acuérdese, Padre, de que vivimos en Jesucristo por la muerte en Jesucristo, y que hemos de morir en Jesucristo, por la vida de Jesucristo, y que nuestra vida tiene que estar oculta en Jesucristo y llena de Jesucristo, y que, para morir como Jesucristo, hay que vivir como Jesucristo» (I, 320).

- “Él les envía a la Iglesia”
San Vicente vivió en un período turbulento y en una Iglesia profundamente divi¬dida. Hemos de destacar, sobre todo, que su sufrimiento, como siempre, son lo pobres, los cuales, los primeros, son sus víctimas. También hace recordar a todos, y especialmente a los sacerdotes, la fidelidad a la Iglesia. Al deán de Senlis, tentado por el jansenismo, le escribe el 2 de abril de 1657:
«Si espera que Dios le mande un ángel del cielo para iluminarle mejor, no lo hará; le ha enviado a la Iglesia, y la Iglesia reunida en Trento le envía a la Santa Sede, tal como se ve en el último capítulo de este concilio. Si espera que el propio san Agustín vuelva a explicarse a sí mismo, nuestro Señor nos dice que, si uno no cree en las Escrituras, menos creerá todavía en lo que digan los muertos resucitados. Y si fuera posible que ese santo volviera, se sometería de nuevo, como ya lo hizo en otra ocasión, al Soberano Pontífice» (VI, 265-266).

- “Y cuando se llega a los hechos”
Salida de sí mismo, unión a Jesucristo, fidelidad a la Iglesia, la fe, para san Vicente es finalmente el principio de la acción, el comprometerse. Lo que él llama “el amor efectivo” es, para él, un signo de autenticidad sin el cual no existe una fe verdadera en Jesucristo. El texto que se cita a continuación es el perfecto eco de la experiencia determinante de 1617:
«Amemos a Dios, hermanos míos, amemos a Dios, pero que sea a costa de nuestros brazos, que sea con el sudor de nuestra frente. Pues muchas veces los actos de amor de Dios, de complacencia, de benevolencia, y otros semejantes afectos y prácticas interiores de un corazón amante, aunque muy buenos y deseables, resultan sin embargo muy sospechosos, cuando no se llega a la práctica del amor efectivo: “Mi Padre es glorificado, dice nuestro Señor, en que deis mucho fruto”. Hemos de tener mucho cuidado en esto; porque hay muchos que, preocupados de tener un aspecto externo de compostura y el interior lleno de grandes sentimientos de Dios, se detienen en esto; y cuando se llega a los hechos y se presentan ocasiones de obrar, se quedan cortos. Se muestran satisfechos de su imaginación calenturienta, contentos con los dukes coloquios, que tienen con Dios en la oración; hablan casi como los ángeles; pero luego, cuando se trata de trabajar por Dios, de sufrir, de mortificarse, de instruir a los pobres, de ir a buscar a la oveja descarriada, de desear que les falte alguna cosa, de aceptar las enfermedades o cualquier cosa desagradable, ¡ay!, todo se viene abajo y les fallan los ánimos. No nos engañemos: “Totum opus nostrum in operatione consistit”» (XI, 733).

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