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Santa Luisa de Marillac (1591-1660)

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Vida de Santa Luisa de Marillac, fundadora junto con san Vicente de Paúl de las Hijas de la Caridad. 1591 – 1660

Contexto espiritual

"Sed empeñosas en el servicio de los pobres... amad a los pobres, honradlos, hijas mías, y honraréis al mismo Cristo"
En el siglo XVII la palabra espiritualidad ya existía, pero fue utilizada pocas veces por muchos de los autores, incluso San Vicente y Santa Luisa no la utilizaron. El uso de este término se ha venido haciendo popular después de las guerras mundiales y sólo desde la década de los 60 se han hecho esfuerzos para dar un significado preciso. En palabras del P. Benito Martínez C.M., “al hablar de la espiritualidad de Santa Luisa de Marillac, no hace referencia a un sistema ideológico con principios, causas y razones que constituyen una escuela como tal, pero si se puede hablar de la experiencia religiosa que Luisa tuvo con Dios, es decir la acción del Espíritu de Dios en la vida de esta mujer excepcional, y más concretamente como la respuesta existencial que dio en solidaridad con los pobres siguiendo los lineamientos de la doctrina y misión de Jesucristo”[1].

En esta época, existieron dos grandes corrientes de espiritualidad, cada una de ellas ramificada en una multitud de modalidades. En una de ellas el hombre se consideraba como nada y pecado, asombrándose de la grandeza de Cristo-Dios; se representó por la llamada escuela abstracta[2] que tuvo gran influencia del Pseudo-Dionisio y de las ideas renanoflamencas, también suele ser llamada Mística Renanoflamenca. Esta corriente espiritual tuvo su origen aproximadamente en el siglo XIV en los países del Rin y de Flandes, fue adoptada por algunos que aún viviendo en la sociedad profesaban el renunciamiento y la pobreza evangélica; luego se extendió por toda Europa, llegando a España (Osuna, Laredo, San Juan de la Cruz) y a Italia (Santa Catalina de Génova, Isabel Bellinzana). Pero tuvo una acogida más fuerte en Alemania y Francia. El cartujo Dionisio (+1471), el franciscano Herp (+1477) y el benedictino Blois (+1566) hicieron más asequibles los escritos de los místicos anteriores propagando y atenuando las experiencias místicas. A comienzos del siglo XVI, la cartuja Santa Bárbara de Colonia publicó obras de los anteriores escritores místicos que fueron leídas con interés por los espirituales del siglo XVII[3].

En París se formaron dos centros: los capuchinos, franciscanos reformados, del arrabal de Saint Honoré (Canfield, Joyuese, Champigny, Lorenzo de París,…) y el círculo de Mme. Acarie (Canfield, Berulle, Duval, Miguel de Marillac, Bretigny, Beaucousin, Gallemant...). Dentro de las principales características de esta corriente están: el aspecto metafísico predomina más que el sicológico; Dios es considerado más en su esencia que en las personas; se centra en la Trinidad, tendiendo a hacer distinción entre cada una de las personas; el ejemplarismo agustiniano (las criaturas preexistían de alguna manera en Dios); el místico debe unirse con Dios sin ningún intermediario; la abnegación es de suma importancia, el hombre tiene que despojarse de sí mismo, de tal forma que tiene que llegar hasta la nada y abandonarse en Dios asumiendo una actitud pasiva[4].

En la otra corriente mencionada, en el hombre se ve la imagen de Dios, la obra maestra de la creación y acude a Cristo Jesús en busca del amor y la misericordia del Padre. Esta corriente también brotó en Flandes como respuesta y contraposición a la mística renano-flamenca. Los hombres de este movimiento buscaban una espiritualidad más humana, más sencilla y fue llamada Devoción Moderna. Los principales propagadores de la Devoción Moderna fueron los Hermanos de la Vida Común, de Deventer, y los Canónigos Regulares de San Agustín, de Windesheim. Entre todos sobresalen: Gerardo Groote (+1384), Florencio Radewijns (+1400), Tomás de Kempis (+1471) y Juan Mombaer (+1501); la obra más representativa es “La imitación de Cristo” de Tomás de Kempis.

Dentro de los elementos principales de esta espiritualidad están: imitar a Cristo en todas sus facetas, no solo en el anonadamiento, sino en su humanidad; se da gran importancia al recogimiento, a la interioridad; manifestó aversión por los fenómenos místicos extraordinarios; dio importancia a la oración metódica y detalló con minuciosidad los ejercicios propios de la oración.

San Vicente ayudado por Berulle comenzó su conversión por la espiritualidad abstracta, pero se comprometió con la segunda corriente según el transcurrir de los años junto a los pobres. La vida de San Vicente estuvo centrada en los pobres y de dio cuenta que la Mística Abstracta con su sentido intelectual no le servía para ayudar a los pobres y poco a poco la fue abandonando. San Vicente sintió más inclinación hacia San Francisco de Sales y a las ideas sencillas de la Devoción Moderna. Puede decirse que fue un ecléctico que utilizó a Berulle, a Benito de Canfield o a San Francisco de Sales, según fuera su necesidad con los pobres.

La vida de Santa Luisa de Marillac, fue distinta; su vida real en la sociedad fue la de una mujer utilizada por su familia y en cierto modo marginada. El sufrimiento no la abandonó desde el día que nació y tuvo que luchar sola en medio de los estratos sociales de su época. Se sintió atraída por el anonadamiento que proponía la corriente renano-flamenca; su pensamiento es de corte metafísico, apropiado para los temas de las esencias.

La entrega le brotó a Vicente de Paúl de sus entrañas, mientras que a Luisa este sentimiento surgió por el miedo a la condenación y por el ansia de santificarse; este sentir le llegó de fuera, de su director Vicente de Paúl. Santa Luisa hizo de los pobres su propia piel, mientras que su carne fue la vida interior encaminada directamente a Dios; en San Vicente fue diferente, su carne fueron los pobres y la piel su vida interior. En San Vicente los pobres sustentaban y alimentaban la vida interior, en Santa Luisa era la vida interior la que sostenía y daba vida a su entrega a los pobres.”[5]

Dentro de las principales costumbres de los cristianos piadosos del siglo XVII estaba la dirección espiritual, tanto Vicente de Paúl como Luisa de Marillac la practicaban asiduamente. Algunos de los más destacados directores espirituales de aquel siglo son: Francisco de Sales, Pedro de Berulle, Juan Pedro Camus, Juan Santiago Olier, Vicente de Paúl y Juan Eudes, quienes son figuras muy importantes dentro de la Iglesia.

Nacimiento, juventud, matrimonio

“Luisa de Marillac nació en París el 12 de agosto de 1591, cuando el hugonote Enrique IV, heredero del trono después del asesinato de Enrique III, puso sitio a la ciudad. Sobre sus padres se dan dos versiones: la primera dice que fue hija de Luís de Marillac, viudo entonces, y de madre desconocida,(Gobillon da una hipótesis del nombre de su mamá Margarita Camus), de la que no ha quedado la menor huella documental, los documentos en los cuales se apoya la paternidad de Luis de Marillac son el contrato matrimonial de Luisa en la que se dice es hija natural del difunto Luis de Marillac”[6], también algunos documentos en los que Luis de Marillac le hizo algunas donaciones; la segunda versión pone en duda la paternidad de Luís de Marillac porque no la legitimó para la entrega de su herencia, “los datos apuntan y muestran un desinterés por parte de Luis de Marillac para lograrlo; hay indicios que dan a conocer cómo se esforzó por lograr como hija suya a Inocencia, quien era una hija adulterina de su segunda esposa. En una carta que Luis escribe a su hermana Valence confiesa que su mujer ha cometido adulterio quedando embarazada, al nacer la niña llamada Inocencia, Luis dice a su hermana que hará todo lo posible por defender su honor, su vida, sus bienes, porque si es declarada adulterina sería marginada totalmente”[7].

De aquí se puede deducir que Luis en su empeño por defender a Inocencia, priva a Luisa de disfrutar de su herencia, además si Luisa hubiese sido hija natural de Luis, no se comprende por qué decidió dar su herencia a una niña que no era hija suya (Inocencia), quitándole el derecho a una hija propia aunque fuera natural (Luisa). Para esto sólo existe una explicación: que Luisa no era hija de Luis, ni siquiera natural y por ello no podía ser la heredera. “En el primer caso no sabemos quien fue su madre, en el segundo caso tampoco sabemos quién fue su padre. Se puede ver el misterio y la descalificación social que existe en torno al nacimiento de Luisa. Pero Luis de Marillac le dio su apellido y ella se llamó Luisa de Marillac”[8].

Los Marillac fueron una familia muy importante en la Francia de los siglos XVI y XVII. Su tío Miguel fue ministro de justicia, la mayor autoridad después del rey; su tío Luís (llevaba el mismo nombre de su padre) fue ministro del ejército; y el marqués de Attichy, marido de su tía Valence, fue ministro de hacienda. A Luisa la consideraron hija natural y nunca fue legitimada. De verdad, solo se sabe que fue hija de Dios.

En 1595, su presunto padre Luís de Marillac, se casó en segundas nupcias con Antonieta Camus[9], viuda con tres hijos, mujer de mucho cuidado. Su padre entonces llevó a Luisa al convento de las dominicas de Poissy, donde recibió una educación esmerada y completa tanto en lo religioso como en lo humanístico, que dio un fruto perfecto en esa inteligente criatura.

Luisa fue llevada aún sin tener un año de vida; era una costumbre común en aquella época llevar niñas pequeñas a los monasterios. El 25 de julio de 1604 murió su padre y al parecer la familia no quiso hacerse cargo de los gastos ocasionados por Luisa en Poissy[10], así es como Luisa pasó de un convento para nobles a un internado de una señora pobre, donde igualmente aprendió cosas necesarias como: coser, cocinar, limpiar. De esta forma los trabajos que la vida le deparó no tenían secretos para ella. Como fue una mujer formada en la oración, sintió el deseo de consagrarse a Dios en la vida religiosa, en el convento de las Capuchinas de la calle de Saint Honoré de París, pero como su salud era frágil no lo consiguió, fue rechazada, le dijeron que no podría soportar la austeridad de la regla. Entonces su familia comenzó a buscarle marido.

“El 5 de febrero de 1613, a los 21 años se casó con Antonio Le Gras, uno de los secretarios de la reina madre, María de Médicis, él tenía 32 años de edad”[11]. Era un burgués, no un aristócrata, de este modo ella no pudo llamarse Madame, sino sólo Mademoiselle, y así fue nombrada desde entonces, la Señorita Le Gras. En el contrato de esponsales se recalcó que es hija natural y sus tíos, que hicieron de testigos, se calificaron de amigos de los contrayentes. En una de las cláusulas del contrato matrimonial, se da a conocer una serie de bienes de Luisa y además una respetable dote de 6000 libras, que no se sabía que tuviera Luisa de Marillac[12].
Entre los dos esposos nació un verdadero amor, comunicándose plenamente en lo social, cultural y religioso. Hasta obtuvieron permiso para leer la Biblia, algo no común en ese entonces. Juntos leían y oraban, ella visitaba y servía a los pobres y vivía austeramente. El 18 de octubre de 1613, les nació su único hijo, a quien pusieron el nombre de Miguel.

Como en todo matrimonio, no tardaron en surgir las dificultades. La peor de todas fue la enfermedad de Antonio Le Gras, que fue grave, convirtiéndolo en un ser desagradable y taciturno. “Luisa lo cuidaba como la mejor de las esposas, pero en su ennublecido mundo interior no sabía qué era lo que pasaba. Luisa recibía ánimo de su tío y tutor Miguel, y también de su director espiritual, Monseñor Le Camus”[13], pero a pesar de todo esto y de las suplicas, vigilias y mortificaciones que practicaba no se libraba del abatimiento.

El año 1623 fue un año decisivo para Luisa, el día 4 de mayo, día de santa Mónica, hizo voto de viudez si su marido moría. Pero no encontró luz, sino aumento de oscuridad. Por la mente de Luisa pasaron muchas ideas como: abandonar al marido y al hijo, dudó de la vida eterna, pensó abandonar a su director espiritual y buscar a otro. Fueron días de noche totalmente oscura desde la Ascensión hasta Pentecostés. Y de pronto se hizo la luz en la vida de Luisa. Escribe: “El día de Pentecostés, oyendo la santa Misa o haciendo oración en la Iglesia, en un instante, mi espíritu quedó iluminado acerca de sus dudas. Y se me advirtió que debía permanecer con mi marido, y que llegaría un tiempo en que estaría en condiciones de hacer voto de pobreza, de castidad y de obediencia, y que estaría en una pequeña comunidad en la que algunas harían lo mismo. Entendí que sería en un lugar dedicado a servir al prójimo, pero no podía comprender cómo podría ser, porque debía haber movimiento de idas y venidas. Se me aseguró que debía permanecer en paz en cuanto a mi director y que Dios me daría otro, que me hizo ver entonces, según me parece, y yo sentí repugnancia en aceptar; sin embargo consentí, pareciéndome que no era todavía cuando debía hacerse este cambio. Mi tercera pena me fue quitada con la seguridad que sentí en mi espíritu de que era Dios quien me enseñaba todo lo que antecede, y pues Dios existía, no debía dudar de lo demás…” (E. 3, p. 667).

Viudez, encuentro providencial con San Vicente de Paúl

Antonio Le Gras falleció el 21 de diciembre de 1625 y ella dejó el siguiente testimonio: “era muy temeroso de Dios y exacto en ser irreprochable, y sobre todo en su paciencia en sufrir los grandes males que le sobrevinieron en sus últimos años, en los cuales practicó muy grandes virtudes” (E.111, p.829).

Parecía que Luisa quería desquitar su soledad y desamparo a fuerza de oraciones, ayunos y sacrificios, con lo que solo consiguió angustiarse más. Su director Monseñor Juan Pedro Le Camus, era el obispo de Belley y vivía lejos de París. Le pidió que acudiera al sacerdote Vicente de Paúl, aunque este no le agradara mucho tal vez porque no era tan distinguido como Francisco de Sales y Monseñor Le Camus. Pero recordó la luz de Pentecostés y fue a su encuentro. Vicente tampoco sentía ningún interés en aquella dirección, porque entrevió en Luisa una nueva Margarita de Silly llena de complicaciones y porque su campo eran las aldeas de los pobres y no los espíritus de los nobles. Sólo Dios, provocó, ese encuentro cuyas maravillosas ondas expansivas ninguno de los dos pudo imaginar.

“Santa Luisa al tomar por director a San Vicente de Paúl, era una mujer que pertenecía aún al círculo de espirituales que seguían la mística abstracta. Pero en esta época San Vicente aún estaba influenciado por Berulle, hacía 1624 tomó amistad con Saint – Cyran. En el transcurrir de estos años, aparecieron los escritos de Santa Luisa, en ocasiones confusos y otras veces con más claridad”[14].

“Quizá por dificultades económicas Luisa dejó el palacio en el que vivía y trasladó su residencia a la calle de Saint Víctor, parroquia de San Nicolás de Chardonet, cerca del colegio de Bons Enfants, residencia de San Vicente”[15]. De este modo la comunicación entre los dos era más fácil. Vicente hombre sacudido por la vida comprendió mejor a Luisa, mujer demasiado inteligente y sensible para que con la vida que le tocó, hubiese tenido huellas dolorosas. Entonces se inició un admirable proceso de curación de Luisa y en el cual la amistad de ella y Vicente floreció y dio un abundante fruto como los justos al borde de la acequia de Dios.

Luisa de Marillac, era una mujer afectiva, con una gran carga de emotividad. Vicente de Paúl, con frecuencia le decía que cuidara su ternura, unas veces con fraternidad y otras con un poco de severidad. “Quizá esto se debió a la falta de cariño en su niñez, esta emotividad la llevó a convertirse en una mujer que dio cariño y que también la llevó a buscarlo”[16]. Vicente de Paúl, empezó a dirigir a Luisa un año antes de la muerte de Antonio y conoció su tragedia perfectamente, él fue un apoyo muy importante para la santa, hasta el punto de ayudarla a superar esas carencias de afecto y los golpes que la vida le había dado.

La vida de Luisa de Marillac, después de la muerte de su esposo, comenzó a dar un giro, que se fragmentó en varias etapas hasta el día de su muerte en marzo de 1660. Luisa se preocupaba mucho por el porvenir de su hijo Miguel, quien había entrado en el seminario, este evento le trajo tranquilidad porque el futuro de su hijo cada vez se iba aclarando, pero cuando se retiró volvieron nuevamente sus preocupaciones. En todas estas circunstancias Vicente siempre estuvo acompañando a Luisa y ayudándola para superar sus crisis.

“Miguel después de retirarse del estado eclesiástico huyó y contrajo un matrimonio clandestino con la hija de un comerciante de vinos de provincia. Cuando Luisa se enteró no dio su autorización y acudió a la justicia. Los jóvenes huyeron pero fueron alcanzados y encerrados, él en San Lázaro y ella en las Magdalenas”[17]. Luisa convenció a su hijo para pedir la dispensa del matrimonio a Roma y contraer matrimonio nuevamente. La reacción de Miguel fue contra su madre y también alejarse de Dios, dejó de acudir a las casas de los Misioneros Vicentinos y se instaló en un cuarto, se dedicó a conseguir trabajo pero no lo lograba, también pasó por un periodo de enfermedad, con lo cual Luisa sufría mucho. Después de recuperarse de la enfermedad, Miguel volvió a ver con buenos ojos a Luisa y a Vicente, también volvió a acoger a Dios en su corazón.

La situación de su hijo fue un tema que intranquilizó a Luisa durante una gran parte de su vida y siendo una mujer de edad un poco avanzada asumió con gusto y empeño buscar esposa a su hijo. Debido a que la fortuna que Luisa ofrecía para su hijo era realmente insuficiente, la señorita Portier se echó para atrás en el contrato matrimonial y la segunda joven estuvo a punto de hacer lo mismo. Luisa se sintió morir, recibió el apoyo de los Marillac y buscando dinero logró comprar para su hijo a un tío de la joven el puesto de consejero en la Corte de la Moneda. “Por fin el 18 de enero de 1650, en la parroquia de San Salvador, se celebró el matrimonio de Miguel Antonio Le Gras con la señorita Gabriela Le Clerc”[18]; pasado este acontecimiento Luisa pudo descansar del martirio que la había atormentado durante más de 25 años.

El asunto más importante en la vida de un santo se da por supuesto, pero suele ser el menos contemplado, porque es menos visible. Hasta aquí se han mencionado las tareas apostólica e institucional de Santa Luisa de Marillac, pero solo un poco dentro de su vida interior de santidad y de oración. Su oración fue experimental, se adentró en la mística. De tiempo en tiempo, sintió la presencia de Dios, hasta llegar a la unión más grande que puede alcanzar un ser humano con su Dios: el desposorio místico de que hablan Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz. Es curioso porque este grado tan alto de contemplación lo alcanzó en un momento de vida activa: cuando iba a visitar las caridades. Fue una mística en la acción, igual que San Vicente de Paúl. Su centro espiritual fue la Santísima Trinidad: el designio del Padre, la encarnación y evangelización del Hijo, la acogida de los dones del Espíritu Santo.

“Santa Luisa había entrado en la contemplación mística con la noche de 1622. San Vicente supo llevarla hasta lo más alto de la mística, al desposorio místico del que habla Santa Teresa y al que pocos santos han llegado. Esto sucedió cuando visitaba las caridades de Asnières y Saint Cloud el 19 de diciembre de 1629 y el 6 de febrero de 1630. De la visita a Asnières Luisa comenta: “Y a lo largo de todo el viaje, me parecía obrar sin ninguna intervención de mí misma”, de la visita de Saint Cloud escribe: “En la Santa comunión me pareció que nuestro Señor me daba el pensamiento de recibirlo como a esposo de mi alma, y que aún esto era ya una forma de desposorio, y me sentí tan fuertemente unida a Dios en esta consideración que para mí fue tan extraordinaria; y tuve el pensamiento de dejarlo todo para seguir a mi esposo y de mirarlo de aquí en adelante como a tal, y de superar las dificultades que encontraría como recibiéndolas en comunicación de bienes” (E 16; D 387)”[19] esto se presenta como un desposorio místico, en el cual Luisa no interviene, se presenta como un sujeto pasivo en el cual Dios hace la obra. Esta experiencia sublime de Dios se realizó en el servicio a los pobres y realizado el desposorio, Luisa continuó buscándolos para socorrerlos.

Las Caridades… la Compañía…

“Vicente era 10 años mayor que Luisa, tenían una estatura semejante (Vicente medía 1.63 y Luisa 1.46), eran muy distintos en temperamento: él prefería esperar y ella adelantarse, él era controlado y ella era impulsiva”[20]. Al principio él intentaba serenarla: que curase sus heridas, que fuera apareciendo poco a poco la paz y la alegría. El pobre en Vicente era obsesión, mientras que Luisa había sido más bien ocupación. Vicente no sabía tratar nada con nadie sino en función de los pobres. La ociosidad de Luisa fue dejándose de llenar de una serie de prácticas de piedad, para ocuparse de ropa, víveres y dinero para los pobres. En el año de 1629 Vicente consideró que Luisa estaba preparada para salir de su casa e irse al campo. Le encomendó la corrección y animación de las Cofradías de Caridad, que él fundó en Chatillon en 1617 y que se habían extendido tanto, sobre todo fuera de París.

Luisa a sus 38 años comenzó otra vida; rompió sus hábitos claustrales y recorrió caminos difíciles en diligencia, a caballo, a pie: Montmirail, Asnieres, Saint Cloud, Villepreux, Beauvais y otros muchos. “Reunía a las señoras, les hablaba fervorosamente, observaba su conducta, examinaba las cuentas, visitaba a los pobres, se interesaba por la escuela, compuso un catecismo para los niños y, al volver redactaba un informe para el señor Vicente, con apreciaciones personales llenas de agudeza y sabiduría”[21]. Vicente sabía la clase de persona que había encontrado y deseaba que Luisa fuera a todas partes y en ocasiones daba la impresión de que él no fuera el director, sino el dirigido, la relación entre los dos era, cada día más, un trabajo común y complementario.

El trabajo que Santa Luisa iniciaba con San Vicente requería la presencia de otras mujeres para poder llevar a cabo todas las responsabilidades con los pobres de la época; la primera mujer en llegar fue la joven aldeana llamada Margarita Naseau. Se había encontrado con San Vicente en una misión y éste le había ofrecido el servicio a los pobres ayudando a las Señoras de la Caridad en París, porque a estas se les hacían difíciles ciertos trabajos con ellos. Después de Margarita, fueron llegando otras que, poco a poco, eran bastantes en 1633. Los misioneros y las damas de la Caridad eran quienes principalmente las invitaban. Solían llegar a la casa del Señor Vicente, quien las remitía después a la señorita Luisa. Y era ella quien las colocaba en cualquiera de las caridades. Fue Luisa quien cayó en la cuenta de que aquello no iba a ninguna parte si no se reunía a las jóvenes en una comunidad: ni en el sentido de lo que hacían, ni la perseverancia en ello, ni la calidad del servicio; era imposible seguir así: dispersas e improvisadas. “Vicente de Paúl, no lo veía tan claro como ella, ni tenía su prisa, lo tomó con más calma de lo que ella deseaba y le pidió que caminara despacio y con paz, esperando la manifestación de la admirable voluntad de Dios”[22].

Por fin, después de un largo tiempo de pensarlo, los dos se decidieron y el 29 de noviembre del mismo año, se reunían algunas de aquellas jóvenes con Luisa en su propio domicilio. Es la fecha fundacional de las Hijas de la Caridad. Luisa, quien las había fundado con Vicente, fue además, desde entonces, su directora y superiora, ministerios suficientes para entregarse por el resto de vida.

La vida de Luisa de Marillac coincidió desde 1633 con la primera historia de las Hijas de la Caridad, sin que por ello hubiese dejado de seguir visitando Caridades de provincias según se lo pedía Vicente de Paúl, tampoco dejó de colaborar en las Caridades de París, ella y sus hijas, especialmente en la Caridad del Hotel Dieu y en la de su parroquia de Nicolás de Chardonet, de la que fue fundadora y primera presidenta. Desde 1633 a 1638 las Hijas de la Caridad no salían de la capital: se dedicaban a las Caridades parroquiales y a otros establecimientos de servicio al pobre.

La primera fundación fuera de la capital fue la de Saint Germain en Laye, en 1638, y la marcha no se detuvo. Las pedían de todas partes, repetía San Vicente (III 188, IX 827). Las pedían las señoras de la Caridad, los obispos, los ayuntamientos, incluso los reyes. “En 1652 se hace la fundación de Varsovia, con la que comenzaba la expansión de las Hijas de la Caridad fuera de Francia”[23]. No eran comunidades numerosas ni se aposentaban en domicilios confortables y ni siquiera propios, eran pequeños equipos que vivían donde podían, pero terminaron siendo sólidos y perseverantes.

Las Hijas de la Caridad comenzaron por dedicarse al servicio de los pobres a domicilio, casi siempre en función del acompañamiento de las señoras de la Caridad. Después se ocuparon de las escuelas, porque el analfabetismo era casi total; ellas mismas tenían que empezar por aprender a leer y a escribir y luego por aprender a enseñar. La red de pequeños puestos urbanos y rurales de las Hijas de la Caridad, acabó como una verdadera misión pedagógica. Hoy está reconocido que jugaron un papel muy importante en la alfabetización de la población femenina (Román, 482). Luego siguieron los hospitales. Habían trabajado mucho, en el Hotel Dieu de París. Pero en el año de 1639 fundan y se hacen cargo del hospital de Angers. Luisa acompañó a las fundadoras caminando durante catorce días de viaje en carroza. Después siguieron los hospitales de Saint Denis, Nantes, Hennebont, Chateaudun, La Fere, Saint Fargeau, Ussel, Cahors.

Las Hijas de la Caridad se dedicaron también, y sería inacabable entrar en detalles, a los niños expósitos (1638), a los condenados a las galeras (1640), a los ancianos (“Nombre de Jesús”, 1653) y a las víctimas de la guerra, sobre todo a partir de la Segunda Fronda (1651 en adelante). Y Luisa dirigía y ordenaba todo en el lugar o desde París.

Aprobación de la Compañía

“El 18 de enero de 1655 las Hijas de la Caridad obtuvieron la aprobación episcopal definitiva y se les confiaba la dirección a los Misioneros Vicentinos. El 8 de agosto del mismo año, se hizo la fundación oficial de la Compañía de las Hijas de la Caridad. Firmaron Vicente de Paúl, Luisa de Marillac y 40 hermanas, luego se citan otras 101 hermanas. Dos años más tarde en noviembre de 1657 el rey Luis XIV dio las cartas de la aprobación civil y al mes siguiente fueron registradas por el Parlamento”[24]. El 8 de junio de 1668 alcanzaron la aprobación Pontificia, muertos ya los fundadores. El por qué de esta tardanza hay que situarlo en la prudencia de los fundadores, ante la renuencia de la Santa Sede para aprobar religiones femeninas fuera del claustro.

“En cuanto a las Reglas del Instituto, se publicaron en 1672, también después de la muerte de los fundadores. El primer reglamento lo redactó Luisa en 1634, al que siguieron otros muchos reglamentos e instrucciones particulares, como se ve en sus escritos”[25]. En cuanto a los votos, Luisa siempre los quiso (en la luz de Pentecostés se le había revelado que los haría), como también los quiso Vicente. El problema era que los votos constituirían a la Institución en una comunidad religiosa, cosa que no querían. Habrían de ser, por tanto, votos enteramente privados, si bien sometidos a la concesión de los superiores. El 25 de marzo de 1642 los emitieron por primera vez cinco Hijas de la Caridad, Luisa entre ellas. Fueron votos perpetuos, aunque posteriormente a la muerte de los fundadores, se instituyó la costumbre de que los votos fueran temporales, renovados cada año el 25 de marzo. Fórmula originalísima y arriesgada, pero que ha demostrado por más de tres siglos su acierto, su capacidad de renovación y su fuerza libertadora.

La aprobación, reglas, votos: quehaceres silenciosos también de Luisa de Marillac, menos visibles que su obra apostólica, pero más profundos y preocupantes, los supo llevar a cabo de manera perfecta, en colaboración siempre con Vicente de Paúl. Vale la pena mencionar aquí, que en los escritos de Santa Luisa, que constan en el libro “Santa Luisa de Marillac: correspondencia y escritos”, publicado por editorial Ceme, 1985. “Son 733 cartas y 111 escritos, constituidos éstos por pensamientos y experiencias espirituales, relaciones de sus visitas a las Caridades, reglamentos de diversas obras y exhortaciones a las Hijas de la Caridad, estos escritos pueden adentrar a quien los lee, en su alma, exquisita y profunda”[26].

Enfermedades… Últimos años…

Su esfuerzo en sus obras había sido tan grande, que a pesar de la ayuda enorme que le prestaron sus colaboradores, sufrió una severa postración que fue diagnosticada erróneamente, como un caso de fiebre infecciosa. En París había cuidado con esmero a los afectados durante una epidemia y, a pesar de su delicada constitución, había soportado la prueba. Los frecuentes viajes, impuestos por sus obligaciones, habrían puesto a prueba la resistencia de un ser más robusto; pero ella estaba siempre a la mano cuando se le requería, llena de entusiasmo y creando a su alrededor una atmósfera de gozo y de paz. Como sabemos por sus cartas a San Vicente y a otros, solamente dos cosas le preocupaban: una era el respeto y veneración con que se le acogía en sus visitas; la otra era la ansiedad por el bienestar espiritual de su hijo Miguel.

“Luisa había estado enferma siempre, Vicente consideraba un milagro el hecho de que viviera, ella ha pasado a la historia como una mujer enferma y débil, pero a pesar de todo, Luisa venció muchas enfermedades”[27]. Pero la muerte de todos modos llega. En el año de 1660, San Vicente contaba ochenta años y estaba ya muy débil. La santa habría dado cualquier cosa por ver una vez más a su amado padre, pero este consuelo le fue negado. Sin embargo, su alma estaba en paz; el trabajo de su vida había sido maravillosamente bendecido y ella se sacrificó sin queja alguna, diciendo a las que la rodeaban que era feliz de poder ofrecer a Dios esta última privación. La preocupación de sus últimos días fue la de siempre, como lo dijo a sus abatidas hermanas: "Sed diligentes en el servicio de los pobres... amad a los pobres, honradlos, hijas mías, y honraréis al mismo Cristo".

“El 15 de marzo de 1660 Luisa pronunciaba su última palabra en la tierra, un “sí” incondicional a la última llamada de Dios. San Vicente, herido de muerte también e imposibilitado de acudir a su lado, le envió un breve saludo: “Usted va adelante, espero verla pronto en el cielo”[28], con esto expresaba los sentimientos más profundos de un amigo. “Reunió a las hijas de Luisa los días 3 y 24 de julio para hablarles de las virtudes de su madre. Comenzó así: “Mis queridas hermanas, doy gracias a Dios por haberme conservado la vida hasta este momento y por haber hecho que pudiera volver a veros reunidas a todas juntas. Me hubiera gustado mucho haberos reunido durante la enfermedad de la buena señorita, como podéis imaginaros. Ha sido la voluntad de Dios la que ha permitido todo esto y, a mi juicio, para la mayor perfección de la persona de la que vamos a hablar de la Señorita Le Gras… El tema es sobre las virtudes que habéis observado en ella y sobre la elección de las que deseáis imitar…” (IX 1218). Y una de las hermanas dijo: “Padre, no sabría decir yo otra cosa sino que la vida de la Señorita, es un espejo en el que no tenemos más que mirarnos” (IX 1226). Y añadió después San Vicente: “No os habéis hecho a vosotras mismas, hijas mías; ha sido ella la que os ha hecho y engendrado en Nuestro Señor” (IX 1232).

A los altares

Luego de diversas traslaciones de sus restos, hoy reposa en uno de los altares laterales dedicado a ella en la Casa Madre de las Hijas de la Caridad, en la Rue du Bac, 140 en París.

Su causa de beatificación y canonización fue opacada por el gigante de San Vicente de Paúl. Después de 200 años de su muerte, el P. Antonio Fiat C.M., Superior General inició su proceso hacia los altares.

El nueve de mayo de 1910, fue declarada Venerable, el Papa Benedicto XV la declaró beata, y años más tarde, el 11 de marzo de 1934, el Papa Pío XI la proclamó Santa de la Iglesia Universal. 10 años después de su canonización, las Hijas de la Caridad y la Familia Vicentina, el 21 de abril de 1954, tuvieron la alegría de ver colocada su monumental estatua en los nichos que en el Vaticano están dedicados a los grandes fundadores.
Y en los 300 años de su partida al cielo, el 10 de febrero de 1960, el Beato Juan XXIII, la declaró “celestial patrona de cuantos se entreguen a la acción social Cristiana”.

NOTAS DE PIÉ DE PÁGINA

[1] MARTÍNEZ C.M., Benito. La Señorita Le Gras y Santa Luisa de Marillac. Ed. Ceme. Salamanca 1991. Pág. 16.
[2] Abstracta, no en sentido de difícil de entender, sino desnudo, despojado, desprendido. La abstracción impide ver las cosas concretas, de suerte que es imposible que el espíritu perfectamente abstraído pueda comprender las cosas concretas. Aquí radica que las personas espirituales no se perciban a menudo de lo que se les dice o hace ni de lo que les rodea… ni sienten, cuando se les pincha en la planta del pie. (III,5).
[3] MARTÍNEZ C.M., Benito. La Señorita Le Gras y Santa Luisa de Marillac. Ed. Ceme. Salamanca 1991. Pág. 19.
[4] Ibíd. Pág. 20.
[5] Ibíd. Pág. 21.
[6] DE DIOS, Vicente. Vicente de Paúl, biografía y espiritualidad. Librería Parroquial de Clavería. México 1991. Pág. 325.
[7] MARTÍNEZ C.M., Benito. La señorita Le Gras y Santa Luisa de Marillac. Ed. Ceme. Salamanca 1991. Pág. 27.
[8] DE DIOS, Vicente. Vicente de Paúl, biografía y espiritualidad. Librería Parroquial de Clavería. México 1991. Pág. 326.
[9] Ibíd. Pág. 326.
[10] MARTÍNEZ C.M., Benito. La señorita Le Gras y Santa Luisa de Marillac. Ed. Ceme. Salamanca 1991. Pág. 29.
[11] DE DIOS, Vicente. Vicente de Paúl, biografía y espiritualidad. Librería Parroquial de Clavería. México 1991. Pág. 326.
[12] MARTÍNEZ C.M., Benito. La señorita Le Gras y Santa Luisa de Marillac. Ed. Ceme. Salamanca 1991. Pág. 32.
[13] DE DIOS, Vicente. Vicente de Paúl, biografía y espiritualidad. Librería Parroquial de Clavería. México 1991. Pág. 327.
[14] MARTÍNEZ C.M., Benito. La señorita Le Gras y Santa Luisa de Marillac. Ed. Ceme. Salamanca 1991. Pág. 37.
[15] DE DIOS, Vicente. Vicente de Paúl, biografía y espiritualidad. Librería Parroquial de Clavería. México 1991. Pág. 328.
[16] MARTÍNEZ C.M., Benito. La señorita Le Gras y Santa Luisa de Marillac. Ed. Ceme. Salamanca 1991. Pág. 39.
[17] Ibíd. Pág. 84.
[18] Ibíd. Pág. 95.
[19] Ibíd. Pág. 54.
[20] DE DIOS, Vicente. Vicente de Paúl, biografía y espiritualidad. Librería Parroquial de Clavería. México 1991. Pág. 328.
[21] Ibíd. Pág. 329.
[22] Ibíd. Pág. 329.
[23] Ibíd. Pág. 330.
[24] MARTÍNEZ C.M., Benito. La señorita Le Gras y Santa Luisa de Marillac. Ed. Ceme. Salamanca 1991. Pág. 109.
[25] DE DIOS, Vicente. Vicente de Paúl, biografía y espiritualidad. Librería Parroquial de Clavería. México 1991. Pág. 331.
[26] Ibíd. Pág. 331.
[27] MARTÍNEZ C.M., Benito. La señorita Le Gras y Santa Luisa de Marillac. Ed. Ceme. Salamanca 1991. Pág. 54.
[28] DE DIOS, Vicente. Vicente de Paúl, biografía y espiritualidad. Librería Parroquial de Clavería. México 1991. Pág. 332.

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