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B.B. Francois y Gruyer (+1792)

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BEATO LUIS JOSE FRANÇOIS, C.M. (1751-1792)

Luís José François nace el 3 de febrero de 1751 en Busigny al norte de Francia, y muere martirizado el 2 de septiembre de 1792 en el Seminario de San Fermín. Sus padres fueron José François y María-Ana Legrand, agricultores, cristianos fieles y generosos. Tuvieron ocho hijos, de los cuales sólo vivieron seis: cuatro hombres y dos mujeres. Los dos primeros hijos nacieron el 11 de mayo de 1749 y murieron dos días después de haber sido bautizados.

Nace Luís José quien ocuparía el primer lugar es esta familia luego de la muerte de los otros dos, y después sus hermanos Juan Bautista, María-Ana José, Juan Santiago, Pedro José y María Elizabeth. Tanto María-Ana como Pedro José tuvieron como padrino a su hermano primogénito Luís José.

Los hijos mayores se entregaron a vivir el sacerdocio en vida de comunidad:
Luís José, Juan Bautista y Juan Santiago entraron en la Congregación de la Misión, mientras que María-Ana lo hizo en las Hijas de la Caridad.

Luís José François realiza sus estudios clásicos en el floreciente colegio que los padres jesuitas dirigían en Cateau-Cambresis situado en Busigny. Allí encuentra muy buenos maestros que lo ayudan a familiarizarse con las Bellas Artes y con las diversas ramas del saber humano.
Soñaba con su porvenir, estudió seriamente su vocación y, una vez que descubrió la llamada de Dios, respondió de manera rápida y acertada. Al concluir sus estudios con los jesuitas, François, aún sin contar con 16 años, obtuvo de sus padres el permiso para entrar al noviciado o seminario interno de los Padres de la Misión. Fue admitido el 4 de octubre de 1766 en la comunidad de San Lázaro con uno de sus compatriotas, su amigo de infancia y su condiscípulo del Colegio de Cateau, Juan Santiago Dubois, nacido once meses antes que él en Busigny el 18 de marzo de 1750, quien, al igual que François, deseaba llegar al sacerdocio en la Congregación de la Misión.

Luís José François llevaba a San Lázaro un alma susceptible, impregnada de un espíritu de sencillez, respeto y rectitud resultado de la excelente formación espiritual recibida en su familia profundamente piadosa y en el colegio de los padres jesuitas. A su llegada al Seminario Interno se encuentra al lado de maestros experimentados con una vida religiosa fuertemente organizada, con ejercicios mentales de verdadera piedad, que lo proyectan como un hombre deseoso de darse todo entero a Dios, a la vista de un apostolado fructuoso al lado de sus amigos.

Los dos años de su noviciado los pasó en la escuela del maestro el P. Bossu, hombre que gozaba de gran estima en la Congregación por sus virtudes, su carácter enérgico y su prudencia, que desplegaba en el cumplimiento de misiones delicadas, y se esforzaba en grabar en el alma de sus estudiantes de manera imborrable el aprecio de la vida misionera. Al terminar su Seminario Interno en el año de 1768, espera hasta cumplir los 18 para poder emitir sus votos el 4 de febrero de 1769, y al día siguiente tiene la alegría de profesar, en presencia del P. Bossu, los votos de pobreza, castidad, obediencia y estabilidad para la evangelización y el servicio de los pobres.

El curso regular de los estudios en San Lázaro era entonces de cinco años, dos de filosofía y tres de teología. A los veintidós años con seis meses estaba a punto de concluir sus estudios sagrados, pero como no contaba con la edad prescrita por el derecho canónico, tuvo que esperar unos meses más para recibir el sacerdocio. El P. Bonnet, Superior General de la Congregación, lo destinó por un tiempo, mientras concluía sus estudios y antes de su ordenación, a la parroquia de San Luís de Versalles.

En ese tiempo, vería a su hermano Juan Bautista en San Lázaro, posteriormente a su hermana María-Ana, que hacía su postulantado en el Hotel-Dieu de Guise, y que fue admitida en la Comunidad de las Hijas de Caridad el 15 de junio de 1775.
Con sólo treinta años, es nombrado superior del Seminario de Troyes el 13 de agosto de 1781, hasta cinco años después, 1786. El obispo de la diócesis, Monseñor de Baval, lo apreciaba sobre manera y deseaba en Troyes el surgimiento de muchas vocaciones sacerdotales formados por este gran hombre.

Las cualidades de que hacía prueba, convencieron al Superior General P. Jaquier, quien lo llamó a su lado con el cargo de Secretario General de la Congregación. Pero pronto fue nombrado Superior del Seminario San Fermín, cargo de honor pero de mucha responsabilidad. El Superior velaba por la iniciación de los seminaristas en las ciencias sagradas, procurando su desarrollo personal al soplo del Espíritu Divino, preparándolos sólidamente al servicio de Dios, de la Iglesia y de su Diócesis.

Era un orador de renombre, admirado en sus retiros al clero en diversas diócesis y en sus pláticas en las Conferencias de los martes, además en sus predicaciones en ocasiones importantes, como en el centenario de la fundación de Saint-Cyr o su oración fúnebre con ocasión de la muerte de Luisa de Francia, hija de Luís XV, o el elogio de madame de Maintenon.

La Divina providencia preparó al P. François a una difícil misión con el clero francés en los días nefastos de la Revolución Francesa, cuando los líderes de la Revolución obligaron a los sacerdotes a prestar juramento a la Constitución Civil del Clero. Probablemente no esperaba un desenlace tan cruel como el que iba a ocurrir cuando invitó al albergarse en el Seminario de San Fermín al Superior General y a dos de sus asistentes, lo mismos que a otros muchos sacerdotes que se habían negado a prestar el juramento revolucionario.


BEATO JUAN ENRIQUE MARÍA GRUYER, C.M. (1734-1792)

Juan Enrique Gruyer nació el día 13 de junio de 1734 en Dole (Francia), de padres cristianos que le educaron en el amor y temor de Dios. Siguiendo la llamada de Dios, se ordenó sacerdote en St. Cloud y se estableció en su villa natal, viviendo con su familia y ayudando al clero parroquial. Deseando más perfección, cuando tenía 37 años, se determinó a dejar su familia y su diócesis e ingresó en la Congregación de la Misión. Al cabo de un año de Seminario Interno o noviciado fue aceptado entre los Hijos de San Vicente de Paúl y destinado a Angers, donde la Congregación tenía una comunidad dedicada al ministerio de las misiones populares. Allí emitió sus votos, el 24 de enero de 1773. Nombrado vicario de Nuestra Señora de Versalles pasó en 1784 a la parroquia de san Luís, donde le sorprendió la Revolución Francesa. Al negarse todos los misioneros que regían aquella parroquia, a prestar juramento civil ante el párroco constitucional, dando un hermoso ejemplo de fidelidad a la Iglesia romana, fueron expulsados.

El P. Gruyer marchó a su pueblo natal permaneciendo allí escondido durante un año. Añorando su Congregación y con el deseo de vivir la vida de comunidad, volvió a París el 18 de junio de 1792 acercándose al seminario de San Fermín donde el padre superior Luís José François, le abre sus puertas acogiéndole fraternalmente y con quien compartió sufrimientos y martirios hasta encontrar la muerte de los Mártires en la cruel matanza del 2 de septiembre de 1792.

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