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B. Sor María Ana Vaillot y Sor Otilia Baumgarten

beatas angers santos

Beatas Sor María Ana Vaillot y Sor Otilia Baumgarten
Hijas de la Caridad
Mártires de Angers (Revolución Francesa)

Sor María Ana Vaillot

Sor Ana María Vaillot nació en Fontenebleau, y fue bautizada el 13 de mayo de 1734 el mismo día, por un Sacerdote de la Misión, el P. Francisco Brunet. Hacía dos años que había nacido un hermanito suyo, pero murió al cabo de unos meses, así es como el nacimiento de María Ana colmó de gozo a toda la familia. Su padre era albañil, murió el 8 de junio siguiente. María Ana conoció desde pequeña el sufrimiento.

No se sabe nada de los años que pasó con su familia, ni del origen de su vocación. A los 27 años empezó el postulantado con las Hijas de la Caridad y el 25 de septiembre de 1761 ingresó en el Seminario en París. Estuvo destinada a Saint-Louis-en-L´Ile, en Fontenay-Le-Comte, en Vandreé, en Longué y en Saint-Pierre Montlimart. Se desconoce la fecha en que llegó a Angers, destinada al Hospital San Juan. En el momento del arresto era responsable de la despensa del Hospital San Juan de Angers.


Sor Otilia Baumgarten

Sor Otilia Baumgarten nació el 19 de noviembre de 1750 en Gongrexange, Lorena, Francia. Fue bautizada al día siguiente. La habían precedido en su hogar dos hermanas y un hermano, pero los tres fallecieron apenas de un año. Otilia fue una gran alegría para su familia. A los 24 años dejó el molino familiar por el postulantado que hizo en Metz. Entró en el Seminario de las Hijas de la Caridad el 4 de agosto de 1775. Fue destinada a Brest en 1776, partió para Angers a comienzos del año siguiente. Donde le confiaron la responsabilidad de la farmacia del Hospital San Juan.


¿Cuál fue el contexto histórico?

La superiora General de aquel tiempo sor Delea, expresaba así su preocupación ante la situación de Francia: “El tiempo es breve, malos los días que nos toca vivir, sin embargo, todos los momentos que los componen son preciosos, no perdamos ni uno solo. Llenémoslos útilmente con nuestro adelanto en las virtudes sólidas que nos prescriben. Los sufrimientos, las cruces pesadas, son alimentos del amor divino…”

Para palpar estos tiempos malos de los que habla la Superiora General a las hermanas, retrocedamos hasta la Revolución Francesa, uno de los acontecimientos de mayor resonancia en la historia de la humanidad. Sus causas, unas remotas y otras próximas, no solo extenderán las más radicales reformas, en el régimen francés, sino que extendieron su efecto poco más tarde a Europa y América. Antes de estallar la revolución, Francia vivía la más aguda crisis de su historia debido a factores muy diversos. Uno de los acontecimientos decisivos en este proceso fue la reunión de la Asamblea de los Estados Generales. Se erigió la Asamblea Nacional con la consigna de establecer una Constitución para el Reino.

De las cuestiones más difíciles que se plantearon a la Asamblea Constituyente fueron las relaciones entre la Iglesia y el Estado. De acuerdo con la declaración de los Derechos del Hombre, se proclamó la más absoluta libertad de cultos y se admitió el goce de los derechos civiles y políticos, en pie de igualdad con los católicos, protestantes y judíos, pero conservando para el culto católico el carácter de culto nacional.

La Asamblea Constituyente, fiel a los principios que acababa de proclamar y estimando como un deber reformar las instituciones de la Iglesia, como había reformado las del Estado, suprimió las antiguas diócesis, como antes se habían suprimido las provincias, e instalaron en los 83 departamentos recientemente creados otros tantos obispos, que colocó bajo la autoridad de diez de ellos, quienes elevados a obispos metropolitanos sustituían a los antiguos arzobispos.

También introdujo el principio de la elección de los obispos y los párrocos por los electores civiles. Los conventos fueron suprimidos y la Iglesia a depender del Estado. El Papa Pío VI se opuso a estos decretos. Muchos revolucionarios titubearon. La Asamblea Constituyente trató entonces de imponerse por la fuerza obligando a los miembros del clero a jurar obediencia a la nueva organización civil.

En 1792 se proclama la República de Francia. Durante los siguientes tres años la convención, quien gobernaba al ser disuelta la Asamblea Legislativa, realizó la doble tarea de consolidar la revolución dentro de Francia y pelear con éxito en la guerra extranjera. Logró estas obras por medio del terror, el derramamiento de sangre y la dictadura.

En abril de 1792 la Superiora General, Madre María Antonieta Delau, da a conocer a la Compañía el decreto de supresión de todas las corporaciones eclesiásticas y de sus hábitos. La recomendación fue, como lo fue a lo largo de la crisis: “No abandonen el servicio de los pobres, si no se ven forzadas a hacerlo… para poder continuar el servicio de los pobres préstense ustedes a todo lo que, honradamente, se les pueda exigir en las presentes circunstancias, con tal que no haya en ello nada contra la religión, la Iglesia, y la conciencia.”

De 1793 a 1794 Maximiliano Robespierre se fue apoderando gradualmente del poder hasta llegar a ejercer una verdadera dictadura. Fue en este período cuando se crearon los Comités y Tribunales que en forma arbitraria juzgaron e hicieron caer miles de cabezas, no solo de aristócratas sino a privilegiados del antiguo régimen.

Los representantes del pueblo parten para las provincias a fin de velar la ejecución de sus leyes de excepción. Tienen plenos poderes y las autoridades locales caen bajo su poder: el miedo se apodera de todos, que se prestan a sus exigencias sanguinarias. El comité revolucionario y la comisión militar son instrumentos de la tiranía. A partir del 10 de junio, estos dos tribunales funcionan en Angers con ardor, cinismo y crueldad. El rigor de la persecución se va a hacer presente en el Hospital de Angers.


El martirio

El 2 de septiembre la sociedad popular del Oeste, que tiene una reunión en la Iglesia de Santiago, se alborota al saber que las hermanas siguen tranquilas en el Hospital. Se envía a la municipalidad una petición para que a todo precio y lo más pronto posible se hiciera prestar el juramento a las hermanas y se las despojase del hábito.

Muchas veces han tratado ya de convencer a las hermanas de que cedan ante la tormenta. Para evitarles la presión violenta que ha comenzado ya, insisten una vez más, lo hacen con todo respeto y cariño. Su intención es salvar a las hermanas.

De esta entrevista queda como constancia, en el proceso verbal las razones que aducen las hermanas, por las que no es necesario hacer el juramento ya que comprendía a los funcionarios públicos y ellas no lo eran. Para no quitarse el hábito, expresan que para los pobres necesitados de atención representaba un signo que las identificaba, pero en esto estaban dispuestas a ceder cosa que sucedió una semana más tarde. El final del año 1793 Angers veía regresar la terrible comisión militar, instrumento del terror. 1794 se inició con la caída de victimas, diariamente las hermanas percibieron claramente lo que significaría una negativa a las exigencias que se les presentaran.

El 5 de enero apareció un decreto que hacía obligatorio el juramento para todas las religiosas. La labor de convencimiento hacia las hermanas del Hospital de Angers se volvió más insistente. 3 de las 39 hermanas prestaron el juramento. El alcalde del ayuntamiento al informar sobre este hecho, señala el que las demás hermanas harían el juramento, pero se lo impide la pérfida influencia y malos consejos de las Hermanas Antonieta, Superiora, María Ana y Otilia. La conclusión a la que se llega es la siguiente: “Es urgente excluir a estas tres personas tan peligrosas para el susodicho Hospital como para sus compañeras. Que las dichas Antonieta, María Ana y Otilia sean arrestadas inmediatamente en la casa de detención del Calvario”.

El arresto tuvo lugar la tarde del domingo 19 de enero de 1794. Dos días más tarde soltaron a Sor Antonieta Taillade. La razón era que “se había decidido sacrificar a Sor María Ana y a Sor Otilia pensando así impresionar a la superiora y a las demás que habían rehusado prestar el juramento”.

Ocho días después de su arresto, el 28 de enero, Sor María Ana y Sor Otilia comparecen ante su juez, el comisario Vacheron y su ayudante Bremaud. El interrogatorio quedó registrado de la siguiente manera: “María Ana Vaillot, de sesenta años de edad, natural de Fontenebleau, Hija de la Caridad, del Hospital de San Juan de Angers, donde residía y donde fue arrestada el domingo hace ocho días por unos ciudadanos, ha dicho que el motivo de su arresto fue el no haber prestado el juramento y no querer prestarlo. No teme nada de lo que le puedan hacerle, en sus respuestas se reconoce fácilmente que es una fanática y rebelde a las leyes de su país, no ha oído nunca la misa de un sacerdote juramentado”.

“Otilia Baumgarten, de cuarenta y tres años de edad, natural de Gondesconge en Lorena, Hija de la Caridad, del Hospital de San Juan de Angers, donde residía y donde fue arrestada el domingo hace ocho días por unos ciudadanos, ha dicho que el motivo de su arresto fue el no haber prestado el juramento y no querer prestarlo. No teme nada de lo que le puedan hacerle, en sus respuestas se reconoce fácilmente que es una fanática y rebelde a las leyes de su país”.

Estos interrogatorios, los números 32 y 33, van acompañados de una cruz “f”. ¡Serían fusiladas! Nuestras hermanas fueron ejecutadas como los pobres, la guillotina era para la gente acomodada. Prefirieron morir antes que hacer algo en contra de su conciencia.

Estas sencillas “actas martiriales” constituyen un testimonio de vida, de la verdad de su fe. El martirio es el supremo testimonio, que llega hasta la muerte. El mártir da testimonio de Cristo al cual está unido. Soporta la muerte por la fortaleza que Dios le da. “Todo coopera al bien de los que aman a Dios” (Rom. 8,28) en palabras de Santa Luisa: “Si amásemos como debemos la santa voluntad de Dios nada nos afligiría, porque bien sabemos que nos ama y quiere nuestro bien en todo” (C. 433). También Santa Luisa había escrito: “Las siervas de Dios nos deben temer nada con tal de que le sean fieles” (C. 260).

Amaneció el sábado 1 de febrero. En este día, pero de 1640, Santa Luisa de Marillac había firmando el convenio oficial de fundación de la comunidad que prestaría sus servicios en el Hospital de San Juan en Angers.

El comisario de la prisión se presentó con una lista en la mano, empezó a llamar a las víctimas. Nuestras hermanas y el resto de los condenados iniciaron la marcha hacia el lugar de la ejecución. Sor Otilia mostró miedo al salir de la prisión, apoyándose en el brazo de Sor María Ana, se sintió fortalecida por la fuerza de su hermana. Los condenados avanzaban los 3 kilómetros hasta el lugar de la ejecución cantando cánticos y salmos. Las hermanas se animaban y fortalecían mutuamente y animaban y fortalecían también a los que con ellas iban a morir por la fe. Este largo recorrido fue una confirmación de su valor y de su confianza puesta en Dios.

El rosario acompañó a Sor Otilia. Al caer éste al suelo intentó ser recogido por la hermana, que recibió un violento golpe que le destrozó la mano. Una valerosa mujer lo pudo rescatar como una preciosa reliquia.

La pequeña explanada recibió al grupo con fosas abiertas el día anterior. Para llegar al lugar destinado a las nuevas víctimas había que pasar por las tumbas dejadas por 6 ejecuciones anteriores.

En ese momento, ya tan próximo a su martirio, Sor María Ana entonó con voz firme las letanías de la Santísima Virgen: esta piadosa escena hizo salir de los labios de un furioso revolucionario: “Duele ver morir a mujeres como estas”. El numeroso grupo se alineó a lo largo de las fosas. Al ser reconocidas por los que son ellas sufrían el martirio se elevó un clamor, pedían gracias para las Hermanas.
¡Cómo debió ser su servicio en el Hospital que provocó esta reacción llena de admiración y cariño hacia ellas! Santa Luisa, en su carta del 28 de noviembre, 1657 había expresado: “Las hermanas de Angers han recibido una bendición especial de Dios, para servir a los pobres enfermos” (C. 613).

El hombre responsable de la ejecución se sintió impulsado a salvar a las hermanas. Ustedes han prestado servicio a la humanidad. ¿Quieren dejar de hacer las buenas obras que siempre han hecho? No hagan el juramento y yo me comprometo a decir que lo han hecho. Sor Maria Ana se encargó de dar la respuesta: “No solamente no queremos hacer juramento, ni siquiera queremos que se crea que lo hemos hecho”.

Se dio la orden de disparar. Los grupos se sucedían ante el pelotón de ejecución. Los cuerpos caían en la fosas, otros agonizaban al borde de ellas.

Sor María Ana no cayó a la primera descarga, como lo había predicho a su compañera, únicamente se rompió el brazo. Pudo entonces sostener a Sor Otilia, inanimada y sangrando, mientras llegaba su hora.

San Vicente había expresado que sucederían cosas como estas: “Hay entre ustedes, mis queridas Hermanas, lo sé bien, algunas que, por la gracia de Dios, aman tanto su vocación que se harían crucificar, desgarrar y cortar en mil pedazos antes que sufrir algo en contra del ella” (IX-1,417).

Fuente: La Santidad de las Hijas de la Caridad (Padre Marlio Nasayó Lievano, cm 2009)

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